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Aferrarse a la vida

Jesús Hoyos
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Doctoranda en Investigación Biomédica, la científica Cristina Aparicio trabaja en una terapia celular para pacientes con cáncer que no responden a ningún tratamiento

Aferrarse a la vida

Innovadora, más barata, casi inmediata y con mayor porcentaje de éxito. Así es la terapia celular en la que trabaja la investigadora palentina Cristina Aparicio Fernández en el Instituto de Biología y Genética Molecular (IBGM) de Valladolid para tratar de curar a pacientes con cáncer que ya no responden a ningún otro tratamiento. 

La terapia CAR-T alogénica -ese es su nombre- consiste en la modificación genética de los linfocitos T, un tipo  de glóbulos blancos, «para redirigirlos hacia los tumores y eliminar las células cancerígenas», detalla Aparicio a DP. 

La CAR-T se ha alzado en los últimos años como una terapia exitosa debido a que ha podido curar a pacientes refractarios a otro tipo de tratamientos en tumores hematológicos -de la sangre-. En su doctorado, eso sí, se centra en tumores sólidos. Las que se comercian actualmente son terapias de tipo autólogo:«Se cogen células del propio paciente, se modifican genéticamente y se las vuelve a infundir». 

Lo novedoso de su trabajo es que los linfocitos T provienen de un paciente sano, lo que proporciona ventajas. Por ejemplo, una disminución en los costes de producción -la otra es muy cara al emplearse de última instancia-, un suministro casi inmediato si el paciente lo requiere -frente a un plazo de 20 a 30 días- y «en principio y a falta de más ensayos, un mayor porcentaje de éxito».

La joven, de 25 años, explica que el uso de la tecnología Crispr/Cas9, «unas tijeras que cortan unos genes específicos», disminuye la probabilidad de rechazo. «Es decir, que la terapia no ataque a las células sanas del paciente ni que este destruya las células que le infundimos», precisa. 

Comenzó el doctorado en mayo de 2021 y lo llevó por la vía de la investigación del cáncer porque hizo un máster de Inmunología y la disciplina le gustó mucho. «Hay muchos aspectos inmunológicos que hay que tener cuenta y esto junta las dos áreas que me gustan», añade. Eso sí, cursó el bachiller tecnológico, sin biología, porque no tenía muy claro qué hacer. Tras descubrir el grado de Biotecnología y sus asignaturas, decidió arriesgarse. «Conocer cómo funcionamos y por qué se producen las enfermedades es una idea que me gustó», recuerda, al igual que «poder ayudar y aportar algo a la sociedad a través de la ciencia».

Su Trabajo Fin de Grado estuvo relacionado con la inmunología, mientras que el del máster lo orientó a las reacciones alérgicas. Hizo sus prácticas en una empresa biotecnológica y en el laboratorio del hospital Valdecilla de Santander.  Además, ya ha sido docente durante varias horas en el grado de Medicina. «Es muy diferente a la investigación; pensaba que no era para mí, pero sí me ha gustado. Al laboratorio viene gente de grados y másteres y en gran parte les ayudo a aprender las técnicas y les guío», comenta. 

Su futuro dependerá de las puertas que se vayan abriendo, pero reconoce que no le importaría compaginar docencia e investigación.

El IBGM es un centro mixto de la Universidad de Valladolid y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Aparicio considera que sí se invierte en investigación, «pero un gasto mayor siempre ayudaría más a todos, sobre todo a que los científicos se quedasen aquí y no tuviesen que emigrar a otros países o ciudades con más posibilidades». Una colaboración público-privada sería «mejor», por ejemplo, en el ámbito universitario, «para dar soluciones a la empresa y que ella nos apoye».