Ajo, guindilla... y limón

Javier San Segundo


Es el momento  

10/04/2021

Transcurrían el año 1962 y la NASA ocupaba sus quehaceres intentado ver que se cocía por Venus buscando la manera de recopilar datos en alguno de los puntos de interés turístico dándose un garbeo por el planeta vecino. Como un púber que, por primera vez, va a salir a menear sus caderas en Nochevieja, la misión Mariner 1 pretendía circundar otro planeta que no fuera nuestro globo terráqueo. Y decidieron que la mejor manera era preparar una sonda no tripulada con un cohete como archivo adjunto porque la opción de ir en bicicleta se antojaba complicada por diversos motivos y tenían prisa por llegar. Prendieron unos cuantos petardos gordos cuya ignición fuera suficiente para que el aparato saliera escopetao y se dispusieron para una de sus cuentas atrás. A los cinco minutos se jodió la cosa. La senda del éxito se despeñó y a un mandamás de la Agencia no le quedó más remedio que apretar el botoncito de autodestrucción de la nave. Uno de los programadores del proyecto se había merendado, junto a una cañita y una ración de bravas, un simple guión en uno de los larguísimos códigos informáticos que conducían la aventura exploratoria hacia el espacio exterior y ciento cincuenta millones de dólares se quedaron en la espuma de la caña vacía del informático.
Es bien sabido que la NASA suele contar en sus filas con los más listos de la clase de cada promoción universitaria y que es maniática en la supervisión y control de los protocolos. Aún así, con los mejores profesionales de la aeronaútica espacial sudando la gota gorda, el error humano es susceptible de asomar el bigote cuando uno menos se lo espera. 
La hostelería se enfrenta, desde hace más de un año, al mayor examen obligatorio de su historia reciente, y supone un letal desafío de futuro para muchos locales y profesionales del sector.
Asumiendo nuestra condición de seres humanos imperfectos la manera de minimizar el error es la profesionalización. Y el orgullo de acostarse cada noche con la satisfacción del trabajo bien hecho sabiéndose poseedor del respeto de los clientes hacia su labor no debe si no aumentar las ganas de atender mejor cada día.
La crispación es creciente. Gilipollas aparecerán. Pero ahí estará el profesional hostelero para solventar, agradar y, ahora más que nunca, volver a regalar momentos de felicidad a la, ya, exhausta clientela.
Que somos todos.



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