Óscar del Hoyo

LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


Mañana será tarde

09/05/2021

Un hombre, vestido rigurosamente de blanco y protegido con una mascarilla quirúrgica, levanta sus ojos al cielo mientras el sol se oculta y el cuerpo inerte de un familiar, envuelto en una sábana, permanece encima de unos cuantos troncos de madera. A su alrededor, el fuego consume una decena de las piras funerarias que se localizan en lo que hasta hace pocos días era un parque de Nueva Delhi, que hoy se ha transformado en un crematorio improvisado ante la despiadada mortalidad que está provocando la variante india del coronavirus y la acumulación ingente de cadáveres. Los restos de ceniza, un sinfín de huellas del paso del siniestro esqueleto que empuña la guadaña, se dispersan con el viento y el humo deja una imagen apocalíptica de un país de 1.300 millones de habitantes que se ha convertido en el epicentro mundial de la pandemia.

Las escenas en los hospitales son dantescas. Mientras multitud de moribundos se amontonan en las entradas, en el interior de algunos centros son más los muertos que los vivos, escasean las camas y la falta generalizada de oxígeno se ha convertido en el mayor de los problemas, con una espera media por paciente que se acerca a las ocho horas. Muchos de los enfermos fallecen asfixiados, condenados por la falta de improvisación de un Gobierno que, mientras el resto del planeta se enfrentaba al momento más complicado de la segunda ola, se vanagloriaba de que los habitantes de la India tenían una genética especial para soportar los efectos del coronavirus, permitiendo campañas electorales, partidos de críquet con aficionados o grandes concentraciones, como la festividad hindú de kumbhamela, un peregrinaje colorista que consiste en la purificación en las aguas del río Ganges y que hace escasas semanas reunió a millones de personas sin ninguna clase de protección.

La situación es crítica, dramática. Los casos de COVID han repuntado un 1.800 por ciento en el último mes y los alquileres de las bombonas de oxígeno se han disparado, sobre todo por la existencia de un mercado negro que ha hecho que su precio -unas 2.000 rupias o, lo que es lo mismo, algo más de 20 euros- se incremente hasta las 40.000, una cifra que hace que únicamente los ciudadanos más pudientes pueden acceder a ellas. La epidemia, una vez más, se ceba con los más vulnerables.

La prestigiosa revista científica The Lancet publicó un artículo a finales de verano, en el que señalaba el peligro del optimismo que mostraban las autoridades indias con respecto a la evolución de la pandemia. Ese triunfalismo oficial, que incluso llegó a defender con varios estudios que la mayoría de la población era asintomática y que se había alcanzado la inmunidad de rebaño, se ha caído como un castillo de naipes, no sin antes provocar un ambiente en el que permisividad y confusión se mezclaban a partes iguales, lo que invitaba a no guardar las medidas de prevención para evitar la propagación de un virus que en la India ha registrado una doble mutación, es más contagioso, muy virulento y parece ofrecer una mayor resistencia a las vacunas.

La economía del país asiático, una de las más potentes del mundo, había comenzado a dar síntomas de ralentización antes de que el SARS-CoV-2 apareciese en China. El estancamiento empujó a su primer ministro, el nacionalista hindú Narendra Modi, fuertemente criticado por la gestión de la crisis sanitaria que ha desencadenado en una humanitaria sin precedentes, a no imponer ninguna restricción en todo el territorio, ni siquiera cuando la curva comenzó a dar síntomas de que la enfermedad se había descontrolado por completo. Modi, que ha sido demasiado complaciente con la pandemia en su propio país, ha intentado erigirse como un auténtico gurú por haber exportado al primer mundo más de 66 millones de dosis de vacunas.

Su arrogancia inicial se ha transformado en silencio y frustración, viendo cómo la India necesitaba la ayuda internacional para tratar de salir del atolladero. Más de 40 naciones, incluida su archienemiga Pakistán, están colaborando para suministrar ventiladores y material médico a Nueva Delhi en una carrera contrarreloj. El primer ministro ha pasado de salvador a verdugo en sólo unos meses, con una población que se ha percatado de que su optimismo no se correspondía con la realidad y que su sistema de salud, por mucho que insistiera durante sus comparecencias, no era mejor ni estaba más preparado que el de otros países desarrollados. De septiembre a febrero no hicieron prácticamente nada y la campaña de vacunación es tan caótica como insuficiente.

Varios operarios cortan árboles de un parque para utilizar la madera en los crematorios improvisados. Los coches fúnebres esperan su turno. La India se ahoga.

La COVID no entiende de fronteras y, o la comunidad internacional reacciona ayudando a los países del tercer mundo -África es un polvorín-, o por mucho que inmunicen a sus poblaciones, el virus seguirá mutando por cualquier rincón del planeta. La liberalización de las patentes de las vacunas para hacer su uso universal es el camino.



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