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"Da miedo cuando tienes que investigar los crímenes del poder"

María Albilla (SPC)
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"Da miedo cuando tienes que investigar los crímenes del poder"

Su relación de amor con el periodismo empezó a finales de los años 70 en la redacción de ABC y está camino de ser eterna. Aunque no haya estado exenta de sórdidas y abruptas rupturas, la vida profesional de Pedro J. Ramírez, actual director de El Español, ha evolucionado al alimón de la incipiente democracia que se encontró cuando llegó a la redacción tras un período iniciático en Estados Unidos. Allí coincidió en The Washington Post con Benjamin Bradlee en pleno Watergate. A él tomó como referente en la profesión y de él imitó también sus tan característicos tirantes.

Pedro J. sella este idilio de más de 40 años con una «larga carta de amor al periodismo» en forma de memorias en Palabra de director (Planeta), un extenso volumen en el que saca pecho de momentos históricos de su vida profesional como fueron destapar la guerra sucia del Gobierno de Felipe González contra ETA, la entrevista que hizo a Luis Roldán en París mientras medio mundo le buscaba  o la cobertura del juicio del 23-F, pero en el que tampoco escatima los peores momentos de su carrera. Por supuesto, reconoce que uno de ellos fue en 1997, cuando fue «víctima de aquel infame montaje del vídeo». Asevera que lo pasó «extraordinariamente mal hasta el día en que descubrimos lo que había ocurrido» y que supuso «una auténtica felicidad» destapar que detrás de la autoría estaba el entorno de Felipe González y los que montaron el GAL.

Lo cierto es que nunca se había propuesto escribir sus memorias. El plan era prologar una antología de artículos, pero llegó la pandemia y el encierro hizo el resto. 'Oye Pedro J. por qué no amplías un poco parte de tus recuerdos', le dijo su editor. Y el encierro hizo el resto. Más de 600 páginas que abarcan hasta el año 2006, donde deja el hueco para la guinda del pastel, que será un segundo tomo.

¿Amenaza entonces con segunda parte?

«Desde luego hay que contar muchas cosas desde 2006 hasta aquí… Evidentemente contaré con todo detalle lo que pasó en mi destitución del diario El Mundo».

Jamás pensó Pedro J., director por vocación, que acabaría saliendo del periódico que él mismo fundó. Tampoco tuvo dudas de que su futuro inmediato tras aquello sería montar uno nuevo. Lo sabía desde el principio: «O director o nada».

«Nunca me han atraído las labores de los redactores jefe o los jefes de sección a los que admiro muchísimo. Son imprescindibles y  quien tiene un buen director adjunto llevando la maquinaria del periódico tiene un tesoro, pero yo prefería ser un lobo solitario que pudiera desarrollar su obra como escritor, como narrador. O césar o nada». Y lo consiguió. César antes de los 30 en Diario 16 y hasta hoy.

Su vida profesional ha estado marcada por las exclusivas. Apunta que «sobre todo tienen que ser relevantes y su conocimiento mejorar a la sociedad, que les  proporcione elementos de juicio sobre asuntos que le competen. Creo que junto a esa labor de descubrir lo que está escondido también hay una labor muy importante que es explicar lo que resulta confuso y complicado».

Pero descubrir la verdad tiene un alto precio. Hoy luce hasta con orgullo la primera amenaza que le llegó de ETA. No fue la única. «La última amenaza de muerte me llegó hace unos días...», relativiza.

 

¿Cuándo ha sentido miedo?

«Hay veces que, desde luego tienes miedo físico, pero sobre todo da miedo ver cómo se desarrollan tramas delictivas en el poder en pleno sistema democrático, como lo que ocurrió con los GAL durante el felipismo y los escándalos financieros como Filesa y, luego, la Gürtel con el PP. Da miedo cuando no tienes que valorar los aciertos o los errores del poder, sino investigar sus crímenes», cuenta. La investigación del GAL le acompaña siempre en el discurso. Fue uno de los grandes momentos de su carrera.

Adalid de la prudencia que cuenta aprendió de Bradlee, asegura que entiende la verdad como «poliédrica» y que en su búsqueda hay que escudriñar entre los asuntos nimios «hasta llegar a los grandes asuntos que a lo mejor tardas años en desenredar». De nuevo apela al caso de los GAL. «Desde que nosotros publicamos los hechos en el año 83 hasta la confesión de Amedo y la condena a Vera y Barrionuevo transcurrieron 15 años.  ¿Estuvimos estirando la Historia? Yo creo que no. Lo que no logramos es descubrir antes la verdad».

¿Tampoco hizo su gran carnaval con el 11-M?

«Yo creo que hasta que no se conozcan muchas cosas de las que hoy aún no sabemos el 11-M será una asignatura pendiente del periodismo de investigación. Algún día se desclasificarán documentos, se abrirán archivos particulares y oficiales y tal vez allí encontremos alguna de las claves. Al final del siglo XXI, estos atentados habrán sido uno de los acontecimiento de la centuria y nos  seguiremos preguntando quién lo hizo, cómo, por qué y para qué. Si encontrara una nueva pista seguiría tirando de ese hilo. Nadie sabe quién puso las bombas de los trenes. El único condenado por ello, Jamal Zougam, yo creo que es inocente».

¿Alguna vez ha dejado de contar una historia en la que confiaba?

«Nunca me he guardado información para convertirla en materia de trueque. Lo que es cierto es que solo puedes contar aquello de lo que estás convencido que es verdad y muchas veces, aunque tengas la certeza, si no tienes las pruebas, lo prudente es no publicar».

Y es que muchas veces, la realidad sí que arruina un buen titular...

Pedro J. confía hoy en día en la prensa como contrapoder y aunque consciente de que el modelo tradicional de negocio está hundido, «se está reconstruyendo a través de los medios nativos. Hay renovación y un nuevo horizonte». Además ve buena cantera y jóvenes profesionales dispuestos a partirse la cara por publicar una buena historia. «El periodismo requiere un componente vocacional muy fuerte y veo esa disposición, esa luz, en muchos jóvenes».

 El director tiene palabras especiales para el recuerdo de Julio Fuentes, José Luis López de Lacalle y Julio Anguita Parrado. Los tres perdieron la vida bajo su dirección. «No dejas de ser tú el que ha puesto en marcha el mecanismo por el que ellos han muerto», reconoce con cierta tristeza.  

La memoria de Pedro J. recorre no solo la herencia periodística que dejará sino la relación que ha tenido con el poder y los poderosos.

¿Cuánto poder real ha tenido usted sobre los presidentes?

«Yo creo no he tenido poder, he tenido influencia. Se hacen encuestas de vez en cuando sobre las personas más influyentes...».

Ya, pero no me interesan las encuestas, me interesa cuánto poder o cuánta influencia real ha tenido en los presidentes, cuándo su opinión  ha sido determinante.

«Bueno, hay presidentes que escuchan más que otros. Por ejemplo, Sánchez es una persona que escucha, pero su margen de maniobra es muy limitado. A Rajoy todo le entraba por un oído y le salía por el otro.  La relación con González se complicó muchísimo cuando vio que nosotros no íbamos a transigir con la guerra sucia y Aznar parecía muy hermético, pero te tenía muy en cuenta. Con el que era una gozada era con Zapatero porque no solo te tenía en cuenta sino que, a menudo, hasta te daba la razón habiendo partido de una opinión distinta».

De hecho, sorprende la relación que tuvo con Rodríguez Zapatero.

«Sobre todo, nos hicimos más amigos cuando dejó de ser presidente. Él tomó la iniciativa de empezar una relación personal cuando fue elegido secretario general del PSOE a través de un amigo común. Y me dijo que quería que tendría que ser discreta porque González todavía mandaba mucho en el PSOE y él no quería heredar sus enemigos. Me pareció desde el principio un hombre con una visión de España que no era la mía, pero con unas virtudes muy poco comunes en la vida pública. Fundamentalmente su capacidad de escuchar y dialogar  y de aceptar integrar en su propio criterio el de los demás. En conjunto, creo que no ha sido el mejor presidente de este país porque cometió unas equivocaciones importantes, pero sí creo que ha sido el mejor ser humano que ha pasado por la Moncloa».

Con Aznar tuvo una relación personal también, pero de choque.

«Sí y creo que si hay un periodista que  conoce la psique de Aznar, ese soy yo. Su personalidad ha evolucionado muchísimo y ahora es un hombre encantador, brillante y aficionado a la conversación, pero cuando era presidente y cuando estaba en la oposición era un jeroglífico dentro de un enigma encerrado en un misterio. Era muy reservado, pero aún con errores monumentales, como fue la guerra de Irak, ha sido el mejor  presidente de la democracia. Especialmente en la primera legislatura».

 

Con Mariano Rajoy, sin embargo, nunca comulgó.

Casi no sale en este libro.

Pero no significa que no exista.

Yo creo que Rajoy, con las oportunidades de las que dispuso, ha sido el peor presidente de la democracia. Un hombre que no supo qué hacer con la mayoría absoluta, un hombre que gobernó con una indolencia indigna del cargo que ocupó.

 

¿Esto lo hubiera opinado también si la publicación de los papeles de Bárcenas en El Mundo no hubiera acabado con su destitución, favorecida por el propio Rajoy?

«Bueno, yo ya lo venía diciendo en mis artículos. Le bauticé como el estafermo».

El periodista apunta: «Casi no recuerdo ninguna época sin corrupción, pero insisto. Ni en tiempos de Aznar, ni en tiempos de Zapatero, ni, que se sepa, en tiempos de Sánchez, estamos ante indicios sólidos de que se estén cometiendo delitos desde el Gobierno o el partido en el poder. Se estarán cometiendo disparates o barbaridades políticas, pero vulnerando la ley de manera deliberada, consciente, o criminal solo lo he visto en los gobiernos de Felipe González y de Mariano Rajoy».

El actual director de El Español tiene claro que el ejercicio de la profesión conlleva dejar enemigos por el camino, aunque asegura que él no se siente «enemigo de nadie, aunque soy consciente de que algunos se sienten enemigos míos. Lo veo con absoluta serenidad. Es normal».

En la actualidad, reconoce que su relación con el inquilino de La Moncloa es «una relación fluida, con unas personas más que con otras, y bueno... Cada presidente tiene su estilo. He tenido menos conversaciones a solas con Pedro Sánchez, pero las suficientes para tener un criterio formado de sus propósitos para España».

«Sánchez es un acróbata sobre el alambre y no sabemos de qué lado caerá, pero llegar hasta el otro extremo parece una misión imposible. Es un superviviente que está lastrado  por sus alianzas. ¿Que dónde está el otro extremo del alambre? Él quiere tener opciones para la reelección y busca gobernar más tiempo».

Pese a su  intrínseca unión a la política, Pedro J. asevera que nunca ha estado tentado a dar el salto al otro lado. Adolfo Suárez le decía: 'Cuando vuelva, tú te vienes conmigo porque tienes vocación política aunque no lo reconoces'. «Yo le decía que si volvía al ruedo podría contar conmigo... pero esto fue en el ocaso de su vida», explica. «Al principio, cuando se estaba organizando UCD mis amigos Joaquín Garrigues y Paco Fernández Ordóñez me hablaban de forma parte, pero yo siempre he querido ser periodista por encima de todo», zanja.

Y de la Moncloa a la Zarzuela,  asegura que nunca ha sido una persona cortesana y no oculta su decepción con Don Juan Carlos: «Cuando empecé a conocer determinadas cosas, ya en los años 90, llegó la sospecha, luego la decepción y finalmente la certeza de que había abusado de manera indigna de la confianza que le habíamos dado los españoles».