Preocupante fin de curso

Pilar Cernuda
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Las consecuencias de la pandemia, la supervivencia de la Corona y el secesionismo catalán son tres de los asuntos más acuciantes del país

Las consecuencias de la crisis sanitaria van a repercutir en el país durante un tiempo por ahora incalculable. - Foto: YVES HERMAN

No hay una sola noticia esperanzadora al final de este curso político. Con el remate final de que el PIB ha descendido un 18,5 por ciento en el segundo trimestre, un dato catastrófico que augura males futuros. No es un consuelo que en todos los países de nuestro entorno también haya sido pésimo. En la mayoría de ellos cuentan con gobiernos más sólidos que el nuestro, y una oposición dispuesta a mojarse para colaborar con el Ejecutivo para sortear las llamadas cuestiones de Estado. Aquí, el PP mantiene una posición inamovible de bloqueo, aunque también es cierto que el presidente Sánchez no mueve un dedo para promover el obligado diálogo. El segundo en escaños, Vox, está echado al monte y su anuncio de moción de censura da alas al Gobierno, lo que demuestra que además de la apuesta por el radicalismo trasnochado sus dirigentes no saben nada de estrategia, y el tercer partido que defiende plenamente la Constitución, Ciudadanos, sigue lamiéndose las heridas de no haber impedido el gobierno de coalición. Ahora hace lo que puede para enderezar su situación con Inés Arrimadas al frente, pero con solo 10 diputados no tiene margen para defender la centralidad y apoyar a Sánchez en cuestiones que no se pueden dejar en manos del populismo y de los independentistas.
En este final de curso, tres asuntos son de gravedad extrema, y el problema es que la España actual no cuenta con políticos de talla ni en el Gobierno ni en la oposición. Por eso, la situación es tan preocupante. Las consecuencias sanitarias y económicas del coronavirus son demoledoras, y no existe confianza hacia las medidas que se toman para tratar de paliarlas. En segundo lugar, la supervivencia de la Monarquía está en cuestión no porque el Rey Juan Carlos haya mantenido una conducta «poco ejemplar» -por utilizar la terminología de la Casa Real ante el caso Urdangarín- que impide que hoy se ponga en valor el importantisimo trabajo que ha hecho por la democracia española, que es lo que recordarán los historiadores. La Monarquía está en cuestión porque desde el propio Gobierno se promueve su desaparición. Y en tercer lugar, no ha retrocedido ni un milímetro el problema del independentismo catalán, a pesar de lo que presumió Pedro Sánchez de que él avanzaría en ese terreno gracias a su talante negociador.
Las consecuencias de la pandemia se están viendo, y las torpezas del Gobierno en el campo sanitario, con los casi 45.000 fallecidos que el Ejecutivo intenta solapar afirmando que la cifra es menor, son en este momento un motivo especial de preocupación. Se esperaban rebrotes en otoño y han surgido a principios de julio, y aunque están directamente relacionados con la irresponsabilidad de infinidad de ciudadanos que no siguen las obligadas medidas de protección, la falta de control en los aeropuertos y el anuncio de que el Gobierno aún no ha convocado la compra de material en el mercado internacional provocan una inquietud infinita. Ha fallado estrepitosamente la acción diplomática, de manera que el turismo internacional se ha venido abajo.

Los ERTE, gran decepción

Todo ello ha provocado el cierre masivo de establecimientos hoteleros, restaurantes y lugares de ocio, lo que ha llevado directamente al paro a sus trabajadores. Varios ERTE se han convertido en ERES, y aunque ha trascendido que el Gobierno se plantea la posibilidad de ampliar los ERTES hasta finales de año, no es mucho consuelo: el SEPE, que depende de la Administración central y al que correspondía pagar a los afectados, lo ha hecho tarde y mal; miles de ellos han estado meses sin cobrar nada y ahora se calcula que unos 150.000 siguen sin recibir un solo euro desde que se inició la pandemia en el mes de marzo. Y eso, hay que insistir en ello, que el SEPE es un organismo oficial y por tanto, más que cualquier empresa privada, está obligado a cumplir con su función.
Podemos tiene en el punto de mira acabar con la institución monárquica.Podemos tiene en el punto de mira acabar con la institución monárquica. - Foto: BallesterosSi a esa situación se suma que nos quedamos sin turismo internacional, o casi, es evidente que la crisis que se avecina va a ser muy superior a la de 2008. Llegarán los fondos europeos, hoy nuestra única tabla de salvación, pero llegarán con pliegos de condiciones duras. Y todo ello sin políticos que inspiren confianza en su capacidad de gestión y de moverse en el escenario internacional.
El independentismo catalán se mantiene con fuerza, con dirigentes que no se apean de sus objetivos y que a pesar de estar profundamente divididos defienden con uñas y dientes, desde las diferentes siglas, la celebración de un referéndum que pretenden que sea legal y vinculante. Hasta ahora Sánchez pone pie en pared a ese referéndum, pero su socio de gobierno lo defiende aunque no es independentista. La Constitución impide esa consulta, pero Podemos también tiene entre ceja y ceja la reforma de la Constitución, para promover así una república plurinacional, como dijo Pablo Iglesias. Se rompería así el modelo de la España actual no solo en lo relacionado con el grado de autonomía y autogobierno de sus comunidades, sino que abriría la puerta a la ruptura de la actual unidad territorial.
 Iglesias tiene además en el punto de mira a Felipe VI. Esto significa que Podemos no se conformará con el destierro del Rey Juan Carlos. No se va a producir entre otras razones porque no se exiliará voluntariamente. Eso no significa que no pueda ausentarse durante un tiempo fuera de España para evitar problemas a su hijo. Pero que no se engañe nadie: Iglesias no persigue la desaparición de Don Juan Carlos, sino la abolición de la Monarquía, y en cuanto viera debilitado al emérito la pelea para desplazar al Rey Felipe. Sánchez lo sabe, y es incomprensiblelas pocas veces que ha defendido la Corona. 
Quim Torra y Pedro Sánchez.Quim Torra y Pedro Sánchez. - Foto: BallesterosNo hay mes de septiembre en el que no se haya utilizado el término otoño caliente para alertar sobre las adversidades que aparecen sistemáticamente tras las semanas de vacaciones políticas. En esta ocasión lo que ha llegado caliente, muy caliente, es el verano. Por la temperatura y porque en la política las tensiones son máximas y las cuestiones por abordar y resolver afectan a los aspectos más sustanciales de la vida de los españoles. 
En ocasiones anteriores, con retos importantes que solucionar, había gobiernos sólidos, solventes, más allá de su ideología, y partidos en la oposición capaces de hacer crítica, como era su deber, pero sin perder la perspectiva de que por encima de su tarea opositora había cuestiones intocables en las que era necesario el apoyo al Ejecutivo. Hoy eso no existe.