«La iglesia tiene que tocar las llagas de la humanidad»

MARCELO ORTEGA / BUJUMBURA
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"El conflicto en Burundi les enseñó la bobada de la guerra, aprendieron que no lleva a una buena solución»

German Arconada, misionero en Burundi. - Foto: © ANA PALACIOS

Germán Arconada puede pasar por ser el español más burundés de Bujumbura, la capital de este  pequeño país africano cerca de lo inencontrable, donde llegó como misionero hace 51 años, cuando Burundi dejaba de ser colonia belga. Claro que también es el burundés más español, atento a poner una sonrisa cuando se le nombra Palencia, su tierra, y Carrión de los Condes, su pueblo. A sus 77 años, con la jubilación en el horizonte, Arconada ha sido el cicerone de una delegación de Manos Unidas que con él ha recorrido Burundi, donde mantienen proyectos de desarrollo que hacen avanzar al país y olvidar la guerra.

Más de medio siglo en Burundi, desde 1963. ¿Cómo explica este pequeño país a un europeo que no lo conozca?

Burundi es una joya, y es una joya bastante pura; la gente es muy natural, cercana a la naturaleza. Éste es un pueblo muy religioso, que sabe ver a Dios en todas las cosas, y que da a sus hijos un nombre de Dios. Se nota esa cercanía.

 Dentro de la historia del país, ¿ha habido progresos importantes para la gente, para su forma de vivir?

Ha habido cambios muy fuertes, en estos años. En primer lugar, porque el conflicto les enseñó la bobada que es la guerra, les enseñó que la violencia no arregla nada. Aprendieron que lo que provoca conflicto no lleva a una buena solución, lo han entendido,  aunque siempre hay alguien que quiere poner a unos hombres contra otros,. Nuestro papel ha sido y es ser testigos de un Dios que es entendimiento, diálogo, amor, fraternidad... Ahí podemos aportar algo, pero sin imponer a nadie una manera de ser. Ellos también se dan cuenta, al ver este Dios se sienten realizados, y se convencen de que ésta es la manera de vivir.

Dice que su concepción de Dios ha cambiado a lo largo de los años, de pensar en el Dios de los milagros a verlo más como un Dios de la inteligencia.

Yo acepté haberme confundido, y desde mi error he podido comprender el error de los demás.  Cuando vine de misionero a Burundi mi idea del misionero era otra, no la que tengo hoy. Buscaba que la gente me apreciara, que dijeran qué bueno es, qué inteligente es... Al ver mi propio pecado y fragilidad vi que el Dios que teníamos que transmitir era otro. Mi éxito es que alguien me diga me has ayudado a entender a Dios. Ayudar a alguien a acercar a Dios en su vida es lo que quiero, y en esto me han confiado un buen trabajo, la prensa, escribir cada semana. Para mí transmitir a Dios es una fuente de felicidad.

¿También su visión sobre la misión de la Iglesia se ha visto afectada en este tiempo?

Desde luego que sí; ves toda la miseria, la porquería, y piensas ¿cómo hemos podido marginar a seres humanos, seres como nosotros, que los hemos apartado? El Evangelio es para todos, es para el rico cuando ama, porque si no ama es como una jaula, hay que resucitarle, ayudar a amar.

Ha cambiado también la vida de las congregaciones, ahora los Padres Blancos son apenas una decena, cuando hace medio siglo eran más de 200. ¿Dejan paso a la iglesia africana?

El fundador, cuando vino aquí, tenía muy claro que la obra definitiva no sería de los europeos, sino de los africanos, pero eso a veces lo hemos olvidado. Los misioneros teníamos ese prestigio, pensábamos que éramos indispensables. Ahora te das cuenta de que hay otra misión, más sencilla, más humilde, y desde el Evangelio lo pueden hacer ellos mejor. En el Evangelio Dios viene a Belén, no va a Jerusalén, eso es importante. Lo ha dicho el Papa, tenemos que ir a las periferias de la humanidad, y Dios nos conduce más que nunca a los pobres. Nos dice, ahí me vais a encontrar, en el arroyo.

El Papa está abriendo caminos, me contaba, ¿ve sintonía con estos recados que manda Francisco a su Iglesia?

Nos va a costar asumir a este Papa, porque nos hemos acostumbrado a ir detrás del poder, del prestigio... Esa es la tentación, pero el Papa nos devuelve a esa imagen de Belén, de que hay que estar con los pobres.  Tenemos que tocar las llagas de la humanidad, asumirlas, la Iglesia tiene que tocar esas llagas y no estamos acostumbrados. Quizá también hemos podido dar mal ejemplo, porque al tocar las llagas parece que teníamos que tocar los bolsillo de los ricos, pero eso viene después.

Aquí en Burundi ha acogido a la delegación de Manos Unidas durante una semana. Hemos visto el cambio de perspectiva, desde la caridad de antaño a este trabajo conjunto con colectivos de Burundi. ¿Qué le parece?

Desde luego hay que ir por ese camino, no se trata de ayudar dando dinero, sino así, dar prestigio a la gente, escucharla, porque tienen algo que decirnos.

¿Europa ha pecado de soberbia, en su forma de mirar a países como Burundi?

Parece que el único que puede hablar es el que tiene diplomas, pero esta gente que no tiene más diplomas que el de experiencias duras y crueles, es la que habla y nos dice ¿qué estáis haciendo, vosotros, cuando nos dejáis en esta situación tan horrible? Es el pobre el que puede ser el acicate, hay que escucharle, pedirle que nos dé pautas.

Burundi es un país con cierta fragilidad, ¿temen un cambio político o un conflicto que dé al traste con todo este trabajo de desarrollo, existe esta tensión?

No, no tengo ese miedo. Tuvimos un presidente que incluso impedía decir la misa, se nos prohibía enseñar la religión, pero la reacción del pueblo fue decir: Imana Iranyae, es decir, Dios puede con todo. La ilusión de algunos es destruirlo, dicen que la moral de Dios está obsoleta, pero no se le destruye nunca. Puede haber un cambio, pueden expulsarnos, o matarnos, da igual, pero no van a matar a Dios.

¿Ha pensado lo que hacer cuando vuelva a España?

Yo quisiera dejarme en las manos de Dios, pero no voy a descansar, quisiera dar este ejemplo a España de lo vivido en Burundi. Pude volver para acompañar a mi hermano en su muerte, y esos días me impactaron. Podría hacerlo con otras personas, la miseria no es sólo la miseria de no comer, también es la miseria de ver que la vida se acaba, y entonces ponerte en las manos de Dios. La misión está en todas partes.