In Memoriam

C.C.
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In Memoriam - Foto: dp

Bonifacio Labrador Ramos vivió en Barruelo de Santullán hasta abril de 1958. Ahora reside en la localidad vizcaína de Basauri. Hijo de uno de los mineros que fallecieron el 21 de abril de 1941 en el Pozo El Calero, de la Sociedad Minas de Barruelo, víctima de una explosión de grisú, Bonifacio no quiere que se olvide una fecha tan señalada. Es parte de la historia de Barruelo y la comarca y, lo que es más importante, forma parte de la historia íntima de  «los supervivientes afectados en aquel aciago día», hijos como él de los trabajadores que murieron o resultaron heridos en la mina.

Por eso, y porque el paso del tiempo no ha conseguido borrar de su memoria infantil  (tenía entonces seis años) el accidente y sus consecuencias, Bonifacio nos remite los versos escritos al albur del recuerdo. Para acompañarlos y para situar mejor al lector en los hechos contados y cantados, visitamos la hemeroteca.

El 22 de abril de 1941 se publicaba en El Diario Palentino-El Día de Palencia la noticia de la explosión de gas ocurrida a la una de la tarde del día anterior en el Pozo El Calero. Informaba el periódico de que, como consecuencia de la misma, habían muerto dieciséis mineros, incluía la relación de sus nombres y añadía que habían sido extraídos y auxiliados otro trabajador en estado muy grave y dieciséis menos graves.

En la edición del 23 de abril se publicaba una crónica telefónica del corresponsal del periódico en Barruelo, ampliando la información del día anterior. «En cuanto se conoció la catástrofe, se organizaron servicios de socorro, con la intervención de todo el personal técnico y sanitario de la Compañía», explicaba. Narraba que los cuerpos de los dieciséis fallecidos y los de los heridos habían sido rescatados a última hora de la tarde y que, en la mañana del 22, se había extraído el cadáver de otro minero. Poco después falleció en el hospital uno de los heridos, con lo que el número de víctimas mortales se elevaba a dieciocho.

«Casi todos tenían entre 17 y 20 años, salvo Marciano Ramos, que tenía 40 y deja mujer y tres hijos», explicaba el corresponsal. Su crónica incluía también el apunte de que a última hora del 22 se había celebrado el entierro de los fallecidos, presidido por el gobernador civil, José María Sentís Simeón.

visitas a los heridos y a las familias de los muertos.  El día 24 de abril de 1941, el periódico informaba de que antes de asistir al funeral por los dieciocho fallecidos, el gobernador había visitado a los heridos en el hospital, donde pudo comprobar que su evolución era favorable.

Al entierro también asistieron las autoridades locales, el ingeniero director de la Sociedad Minas de Barruelo, el jefe provincial de FET y de las Jons, el presidente de la Diputación, el juez de Instrucción, el fiscal de Tasas y el alcalde de Palencia capital.

Después el señor Sentís se reunió con las familias de algunas de las víctimas mortales y les hizo entrega de un donativo de 300 pesetas. El alcalde de Barruelo se encargaría posteriormente de que recibieron el suyo los familiares a los que el gobernador no había tenido tiempo de visitar. Concluía la información, dando cuenta de que la primera autoridad de la provincia se ocuparía de que tuvieran plaza en centros benéficos adecuados los hijos de las víctimas que, por sus especiales circunstancias, lo necesitaran.

Por supuesto, huelga decir que el accidente había conmocionado al pueblo de Barruelo y a toda la comarca y aunque no eran infrecuentes sucesos de ese tipo, cada vez que un minero moría envenenado por el grisú o aplastado por un derrumbe, era como volver a empezar de cero la tragedia personal, familiar y colectiva.

Eso sí, todos hacían piña con los afectados y la solidaridad de la gran familia minera presidía esos luctuosos acontecimientos.

 

Barruelo está de luto

(21 - Abril - 1941)

Barruelo está de luto,

sumergido en un gran duelo.

Es una mañana de abril,

día veintiuno, funesto;

cuando el sol más alumbraba

en tinieblas quedó el pueblo;

en el fondo de la mina,

explotación del Calero,

diez y ocho vidas segó

el gas grisú, traicionero.

Que redoblen las campanas

con las sirenas sonando.

Que las campanas redoblen

pues Barruelo está llorando;

diez y ocho seres queridos,

que eran esposos o hermanos,

padres, hijos o novios,

y un futuro proyectado,

un día de primavera,

para siempre, nos dejaron.

Que redoblen las campanas

con sensaciones de muerte.

Que las campanas redoblen

y sus tañidos hirientes

de lamentos y sollozos

rasguen el azul celeste,

y sus desgarrados ecos

por todo el valle resuenen,

y por el viento, en sus alas,

al mundo entero les llegue.

Que redoblen las campanas

con sentimientos de luto.

Que las campanas redoblen

con sus quejidos profundos;

que la Natura detenga

su reproductivo curso,

y las flores se marchiten

y se queden sin su flujo,

pierdan sus bellos colores

y su perfume de embrujo.

Que redoblen las campanas

con sus lúgubres sonidos.

Que las campanas redoblen,

y los lindos pajarillos,

que abundan en el paraje,

hoy se queden en sus nidos,

no sobrevuelen los montes

ni los campos florecidos,

quedando el valle en silencio

y sin oírse sus trinos.

Que redoblen las campanas

con su clamor lastimero.

Que las campanas redoblen,

nos ahoga el desaliento:

la desgracia se cebó

en nuestro pueblo minero,

de siempre alegre y jovial,

mas hoy con crespones negros;

y el corazón se subleva

y clama justicia al Cielo.

Las campanas ya redoblan

uniéndose en el cortejo;

diez y ocho palomas blancas

acompañan a sus cuerpos

a su morada postrera,

en impresionante duelo.

Ya callaron las campanas,

la tierra cubrió sus féretros,

la tarde está declinando...,

la noche ya echó su velo.

Que repiquen las campanas

con sinfonías de gloria.

Que las campanas repiquen

superando la congoja;

Santa Bárbara bendita,

de los mineros patrona,

sus nobles y puras almas

hacia el Cielo las transporta,

y en aras de su holocausto

viven ya la paz gozosa.

Que repiquen las campanas

con mensajes de esperanza.

Que las campanas repiquen

y traigan consuelo al alma,

y el recuerdo perdurable

de sus vidas inmoladas,

que dejaron en sus hijos

la semilla germinada,

y el deseo de que logren

sus ambiciones truncadas.

Que repiquen las campanas

recordando tiempos faustos.

Que las campanas repiquen

y resurja el entusiasmo;

que la noche de tinieblas

a la aurora dio ya paso,

y la nueva luz del alba

conforte a los barruelanos,

con renovada ilusión;

seguro sabrán lograrlo.

De esta nefasta tragedia

ha pasado muchos tiempo.

Aquel germen dio sus frutos

bajo el amparo materno;

aquellos huérfanos hijos

fueron padres y ahora abuelos,

que aún recuerdan con dolor

aquel día y a sus muertos,

que Dios recogió en su Gloria

y les dio el descanso eterno.

Bonifacio Labrador Ramos