El miedo de los catalanes

Antonio Pérez Henares
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El desvarío político en Cataluña es tal que hoy a muchos les preocupa la dirección que están tomando las negociaciones, incluso a una parte de quienes votaron el 27-S a Juntos por el Sí

Después del último fiasco electoral de Artur Mas, la situación en Cataluña no es que ya camine hacia el abismo, que también, sino hacia un esperpento cada vez más grandioso. El disparate separatista, de por sí ya quimérico, está alcanzando cada día que pasa ribetes de tal calentura y alucinación que empieza a no haber palabras, sino en la psiquiatría, para describirlos.

La CUP, una organización más allá de la extrema izquierda, de noviazgos filoetarras, revolucionaria sin anestesia, presta a implantar un régimen soviético y establecer la anarquía como gran receta libertaria, es ahora quien conduce el vehículo del secesionismo. Mejor imposible. Ya solo falta Jack Nicolson, excepcional en su papel y en aquel otro de Alguien voló sobre el nido del cuco, para que de inmediato lo elijan para presidir la cosa. Pero seguro que se negaba. Porque quizás para el momento ya solo quepa, y ya que una propuesta es de coralidad, El camarote de los hermanos Marx para hacerse cargo de la Generalitat y que Groucho comenzara su discurso de investidura con aquello de La parte contratante de la primera parte.

Porque es ahora el matrimonio con esa formación y esos postulados la propuesta, la situación surrealista a que se entrega la dirección política de la derecha, de una burguesía que ayer presumía de seny, de las gentes del orden y el comercio. Ni Dalí y Buñuel, disparatando genialmente juntos, hubieran llegado a imaginárselo.

El quilombo actual proviene del nuevo trastazo del astut que se ha pegado en las urnas y, de nuevo, contra los alambres. Porque ha sido una costalada monumental por mucho que se camufle. La mayoría absoluta ya la tenían con la suma de la vieja CiU, que ha dinamitado, y ERC: 71. Pues bien, han perdido nueve escaños cuando se suponían que sumarían y que todos en amor y compañía iban a arrasar y más comenzando la campaña en la Diada y acabándola en el puente de la Merced para que no fueran a votar los malos catalanes que quieren seguir siendo, además, españoles y europeos. El tercer batacazo de Mas, que van tres en los que ha pasado de los 51 diputados de su partido a los 30 de los que dispone ahora, lo ha colocado a él, a su formación política y a todo ese estrato que fue mayoritario de la sociedad catalana, ya no solo como subordinados a ERC, sino como oferentes y mendicantes ante una formación que a sus votantes lo menos que les pone es los pelos de punta. A sus electores, y a todos quienes no comparten sus recetas, que no ocultan y que vienen a ser un mix entre el chavismo y el régimen albanés comunista.

Si Europa había dicho por activa y pasiva, aunque no quisieran oírlo, a viva voz y por escrito lo que les parecía el invento independentista y la puerta que ellos mismos se daban de salida, imagínese cualquiera el alborozo de Bruselas y del mundo entero, en su vertiente democrática, desarrollada o simplemente sensata, con la CUP dirigiendo el Prucés, la procesión, vamos. Con ello cualquier ribete de moderación, de europeísmo, de normalidad, queda ya no arramblada, sino se que ha ido por la torrontera como esos coches arrastrados por la avenida cuando llega la gota fría.

Una apuesta obsesiva. Porque el problema en que se han metido los separatistas ha derivado de su obsesión y apuesta única. Todo a la independencia. Un potaje de todos juntos y revueltos con un único objetivo. Y van y fracasan. Porque para la mayoría en escaños se quedan colgados de la CUP y a la absoluta en votos emitidos no llegan. Un 47 por ciento fatídico que sobre el censo se queda en un 35. Y hasta los de la CUP, que son muy revolucionarios pero algo más precisos con las matemáticas, dicen que eso no llega a la mitad siquiera.

Ahora ese potaje es una olla hirviendo y me malicio que no tardara en devenir en olla podrida, donde algunos habrán de empezar a buscar alguna salida antes de que estalle y lleguen los cachos a sus supuestas fronteras. Todo es un revolutum de cuestiones enfrentadas donde los intereses de cada cual se disparan. El primero, ese de Arturo cuyo pellejo presidencial peligra. Pero todo lo demás es aún peor. ¿Proclaman mañana la República Soviética y Libertaria de los Países Catalanes? ¿Acuñan moneda propia? ¿Se alían con Putin?

¿Qué parecen desvaríos lo que escribo? No. El desvarío es el suyo y cada vez más evidente. Y hoy a muchos catalanes les preocupa ya, y mucho. Incluso a una buena parte de aquellos que el pasado día 27 votaron a Juntos por el Sí porque eran gentes de Convergencia, nacionalistas y hasta veían que se podía apretar con ese voto. Lo lógico es que empiecen a estar asustados. Pero no de ese miedo que quieren inculcarles a España. Ni a delirantes invasiones ni a opresiones inventadas. El miedo de muchos catalanes es cada vez mayor a lo que dentro de Cataluña se ha incubado y les amenaza. El miedo de muchos catalanes no es a lo que diga o haga Madrid, ni a lo que haga Bruselas. El miedo de cada vez un mayoritario número de catalanes es a lo que esta pasando, a dónde les están llevando los suyos y desde dentro. Y, visto lo visto, es para tenerlo.