Las naranjas, una fruta que por estos lares se puede disfrutar previo viaje de centenares de kilómetros desde territorios más benignos climatológicamente hablando, es la auténtica protagonista de una tradición que desde hace muchos años se cumple en Carrión de los Condes cada 3 de febrero.
La Fiesta de San Blas se materializa en lo que se viene a denominar rodar la naranja.
Una y otra vez, los más pequeños de Carrión repiten la misma acción en los aledaños del Monasterio de Santa Clara: lanzan las naranjas, las hacen rodar.
Todo, después de venerar las reliquias del Santo, a quien muchos acuden para sanar o prevenir infecciones de garganta.
El origen de rodar la naranja es más bien confuso.
La tradición oral habla de una visita del Cid Campeador a sus hijas, que estaban casadas con los Infantes de Carrión. Tras conquistar Valencia, decidió volver a Castilla a ver a sus niñas y entre los regalos que les traía, se encontraba un cargamento de las famosas naranjas de Valencia. Cuando llegó a Carrión no encontró a sus hijas, algo que le enojó de tal manera que tiró los presentes, entre ellos las naranjas que rodaron por el suelo.
Éstas, al ser una fruta exótica para los niños carrioneses de entonces, originaron entre ellos una lucha por ver quién se quedaba con más naranjas. Con el enfado y los gritos, perdió el Cid la voz y al salir de Carrión, extramuros de la ciudad, entró en el Monasterio de Santa Clara la Real, donde al venerar la reliquia de San Blas, y pasársela por la garganta, recuperó su voz.
Esto dice la tradición popular, esto comentan los carrioneses que se acercan hasta Las Claras, aunque lo cierto es que la historia desmonta la leyenda. Las hijas del Cid no se casaron con los Infantes de Carrión, el Monasterio de Santa Clara no se funda hasta el siglo XIII mientras que el Cid Campeador vivió en el siglo XI. Curiosa leyenda de origen incierto, que es guiño y buena excusa para que cada año, el 3 de febrero, decenas de personas se acerquen al Monasterio de Santa Clara de Carrión, a venerar sus reliquias, conocer su museo o degustar alguno de los dulces artesanos elaborados por las monjas.