No podía ser de otra manera. En un país donde nos colocamos la monarquía por montera, nos queremos cepillar al rey de los reyes, al Burguer.
Pero no a un Burguer cualquiera.
El Ministerio de Sanidad, la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad y la Federación de Consumidores en Acción, entre otros, se han puesto la estrella de Sheriff, han engrasado el revólver, apurado el cigarrillo, y están dispuestos a cargarse a XXL, el nombre comercial de la hamburguesa más grande que ofrece Burguer King (Rey Hamburguesa). Un modelo importado de Estados Unidos.
Consideran sus detractores que su ingesta no se ajusta a los parámetros de la dieta sana y que la publicidad para su consumo tiene un potencial cliente muy vulnerable: los adolescentes
En otros términos, han tirado de calculadora y más o menos les viene a salir que una hamburguesa de ese tipo equivale, en calorías, con pan y otros aderezos, a 9 huevos fritos o nueve platos de macarrones con tomate.
En números, 1.000 calorías aproximadamente.
Particularmente me parece una medida exagerada, solicitar su retirada del mercado, porque soy de los que piensa que cada cual hace de su cuerpo lo que quiere, reparte la grasa como le apetece (o como buenamente puede) y uno es quien, a fin de cuentas, paga.
Puestos a limitar ingestas y consumos, entreguemos un carnet a cada ciudadano, a modo de cartilla de racionamiento, para que solamente pueda tomar dos vinos al día o una caña (así nadie se encebollará y no tendremos que cambiarle el hígado por el filtro de una piscifactoría) o para que coma una pechuguita a la plancha en lugar de meterse entre pecho y espalda un chuletón de 1 kilo, que la siesta le sentará muy mal y existe el riesgo de que se levante de muy mala leche y baje en su producción laboral.