Nos acostumbramos a las cifras como el que se acostumbra a oír llover. Solo cuando se le pone rostro, nombre y apellidos a los números, tomamos conciencia del drama que, a veces, esconden; solo entonces, se nos pone un nudo en la garganta. Así ocurre con las cifras del paro. Así ocurre con los 5,3 millones de personas sin trabajo, sin presente, sin futuro y, a veces, sin lo básico para sobrevivir.
La crisis económica actual es dolorosa para la mayoría, pero, sobre todo, para los parados de larga duración, que ya son legión y da vergüenza y miedo nombrar su alarmante cifra. Pero, siendo doliente, como lo es cualquier crisis, la actual duele doblemente. ¿Saben por qué? Porque los sufridos ciudadanos tenemos clara conciencia de que se podía haber evitado.
A estas alturas, ya podemos concluir que esta crisis es el resultado de los excesos, del despilfarro, de la pésima gestión, de la ineptitud política, del latrocinio, de la corrupción y de la usura. En este país, se ha trabajado mucho y bien. En este país hemos generado la suficiente riqueza como para poder vivir todos dignamente; pero, lo que la gente honrada conseguíamos trabajando por el día, nos era arrebatado por la noche, en oscuras componendas, por especuladores, manirrotos y ladrones del sudor ajeno.
Ahora bien, seguir lamentándonos eternamente de nuestras desgracias solo servirá para aumentar nuestras desdichas. Ahora es el momento de aprender de los errores cometidos; de armarnos de valor y de ideas para recuperar la confianza como personas y como país; de implicarnos más en el control democrático de nuestros gobernantes; de impulsar una gobernanza global fundamentada en la justicia, la equidad y la ética, y que tenga como objetivo el desarrollo social y económico sostenible.
Pedro Serrano / Valladolid