Realmente la mayoría de los humanos estamos tan profunda y sutilmente adoctrinados que nos resulta prácticamente imposible evitar el adoctrinamiento de los otros. Lo hacemos sin pensarlo dos veces. De niños nos enseñaron a repetir mecánicamente las máximas de nuestros mayores y es lógico que de mayores, salvo que lo haya remediado un encuentro afortunado con el pensamiento racional, dialogante y humanístico, nos empeñemos en inculcar en los demás, sin cuestionarlos, el conocimiento y los valores morales que en su día nos infundieron nuestros educadores, cuantos tuvieron autoridad sobre nuestro aprendizaje mientras nos hacíamos adultos.
Seguramente es un impulso ancestral el que nos incita a sembrar nuestras ideas en la mente de cuantos se prestan a escucharnos; un atavismo irracional el que nos lleva a convencernos, de manera compulsivamente narcisista, de que el mundo será más hermoso cuanto más se parezca a la imagen que nos devuelve el espejo, la proyección de nosotros mismos. Detrás de todo ello se esconde un deseo irrefrenable e inconsciente de convertir al otro en nuestro semejante; de dotar a nuestra vida de sentido mediante la afirmación mayoritaria de las propias creencias, como si el número de adeptos a nuestra causa fuera garantía de posesión de una verdad incuestionable, absoluta, infalible.
El adoctrinamiento, por su propia connotación intrínseca, tiene como meta la conquista ideológica de los demás, un objetivo que obliga al doctrinador a parapetarse tras una muralla impenetrable y opaca, inexpugnable a la cultura del diálogo y del pensamiento crítico. La doctrina sólo puede admitir los argumentos que sostienen su propio andamiaje, no entiende de matices ni acepta que un mismo concepto pueda ser vivido de otra forma, tener interpretaciones distintas, ya que las verdades que se consideran universales no necesitan del debate para tener sentido en sí mismas.
El adoctrinamiento, en su versión más seductora, nos exhorta a que entreguemos nuestra libertad a cambio de una seguridad que se fundamenta en la supresión de la duda. Es una oferta tentadora. Y sin embargo, cuánto más hermosa es la realidad que va cargada de significados amplios, misteriosos, irreducibles a la simplicidad del dogma, esa unidad de pensamiento que nace y muere en la prisión de sus propios límites; que raramente resiste la lógica imperturbable del paso del tiempo; y que más tarde o más temprano acabará por rendirse a la evidencia de un mundo en perpetuo estado de transformación.
(*) Profesor afincado en Ithaca, Nueva York