La evocación de una figura tan singular e inquietante como la de Kurt Gerstein resulta ahora, una vez más, de inevitable recuerdo en medio de un descenso más de nuestro mundo hacia lo horrible y lo oscuro, como sucede en el hecho de que la UE presione a los húngaros para que, en su corta historia constitucional, se homologuen a la visión del hombre darwiniano-hitleriana, en la que todo bípedo superior no útil o excedente no debe tener derecho garantizado a la vida. Y curiosamente, según estadísticas publicadas, son embriones femeninos la mayoría de aquellos a los que no se permite nacer, pero este hecho no está inscrito todavía entre los derechos de la mujer.
Aparece Kurtn Gerstein como un personaje marioneta, manipulado por en autor en la sectaria pieza teatral de El Vicario de Rolf Hochhut, pero en la vida real, fue un ingeniero de minas de profesión, y luego Oberstumfürer de las SS que, al fin, se suicidó en la cárcel, al final de la guerra, en 1945.
El Pastor Herbert Mochalski, perteneciente a la llamada Iglesia Confesante, o conjunto de las Iglesias de la Reforma que se negó a adherirse a la Iglesia Alemana, que se había convertido en una iglesia nacional aria, nos ofrece una buena medida de la entidad ética de Gerstein, cuando nos cuenta que un día mientras predicaba sobre el quinto mandamiento, vio a alguien desconocido entre sus habituales fieles, y pensó que sería un miembro de la Gestapo, y que el asunto del sermón podría traerle complicaciones.
Después del servicio religioso, mientras se quitaba las vestiduras litúrgicas, entró el desconocido en la sacristía con una maleta en la mano; y, muy nervioso, y le dijo que había oído su predicación, y que ésta le afectaba personalmente: «Es la Providencia la que me ha guiado. Una cosa terrible me ha sucedido». Luego sacó de su bolsillo un papel con bordes rojos, como eran los impresos de las órdenes de detención de la Gestapo, y añadió: «Lea usted mismo. Es una orden para ir a buscar ácido prúsico. ¿Sabe lo que significa?…Este cargamento que debo ir a buscar está destinado a matar a miles y miles de gentes, a las que se llama sub-hombres. Señor Pastor, ¿qué debo hacer? Si cumplo la orden, me convierto en cómplice de este exterminio. Estoy decidido a suicidarme».
Luego añadió que en la maleta llevaba el uniforme de las SS y le explicó al Pastor Herbert que había entrado en aquéllas para encontrar a los asesinos, mediante eutanasia, de su hermana o su cuñada, y continuó diciendo: «Voy a matarme, pero eso significa la muerte de otras dos personas, porque cada SS está apadrinado por dos personas. Si me mato, serán fusilados. ¿Qué debo hacer?». Y el Pastor Herbert concluye: «No supe qué responderle, y partió con su maleta».
Gerstein llegó a entrar en los campos de gaseamiento, y trató luego de pasar la información a los aliados, concretamente a los suecos durante un viaje en un tren nocturno con un diplomático de ese país. y al Vaticano través del Nuncio Mons. Orsenigo, pero no logró que aquellos a quienes iba destinada la información lo creyeran. Nadie le dio crédito nunca y, al ser detenido al final de la guerra como oficial alemán que era, permaneció veinte días en la cárcel y, sin duda, hubiera sido ejecutado en Nüremberg, pero, en cualquier caso se suicidó, desesperado. de no haber sido escuchado.
Uno de sus biógrafos, Pierre Joffroy, tituló precisamente, y con acierto, su libro, El Espía de Dios, que es una expresión que está tomada, sin duda, de una reflexión kierkegaardiana, que ahora no tendría sentido y resultaría grotesca.
Porque ahora no ya hay nada que espiar, y buena parte de aquello que Gerstein descubrió horrorizado, ahora se realiza sin secreto alguno, y puede ser perfectamente legal en nombre del humanitarismo y de muchos derechos considerados más primarios que el de la vida ajena, según los preclaros conocimientos de nuestras privilegiadas mentes.