YA ven que ahora se habla mucho de la necesidad de reformar y arreglar lo de la Justicia, que dicen que a veces anda manga por hombro. Que no puede ser que el delincuente mienta, que mientan los testigos, que fantaseen los abogados y que los jueces tengan coloretes en las togas. Y que nadie se extrañe de que la Justicia se quite un día la venda y la mangue con las pesas de la balanza.
Así que los mangantes se permiten ya el robo a la carta y lo cuentan con toda la cara dura:
- Sí, señor juez, yo he entrado cuatro veces a robar en esa tienda, pero sólo he robado un vestido de señora.
- Hombre, si ha entrado cuatro veces habrá robado al menos cuatro vestidos.
- No, señoría. Sólo uno. Porque con el primero me equivoqué de talla y tuve que devolverlo. Y con los otros dos me pasó lo mismo, porque no le gustó el color a mi señora.
Y es que a veces los ladrones y criminales no son los exigentes, que lo son los familiares y amigos. Que como la cosa está muy mal, pues hay que hilar fino.
Puestos a decir mentiras, los declarantes no se atienen ya a un manual tradicional, sino que dejan correr la fantasía, la alucinación y hasta la inverosimilitud. Como la de aquel reo al que el juez pidió que explicara cómo se había clavado el cuchillo su esposa:
- Pues, señoría, estábamos los dos haciendo una tortilla, cuando de repente ella se resbaló y se clavó el cuchillo que tenía yo en las manos. Y con tan mala suerte que se resbaló seis veces.
Así de resbalosos son algunos suelos de cocina, que obligan a repetir la jugada. Jugadas que a veces los manguis aprenden en los juicios, como aquel al que el juez preguntó si había hecho el robo de la meticulosa y minuciosa manera como lo había descrito el fiscal:
- No exactamente. Pero no está mal el plan del señor fiscal. Y hasta reconozco que es mejor y más seguro que el mío.