SE oyó mucho eso de que con la libertad se dirían las cosas claras y a la cara. Pero no sólo no se han exterminado las loas de lorito sino que han entrado al trapo laudatorio todos los pájaros de cuenta y de cuento.
Bueno, pues hace algo más de medio siglo, Juan Pérez Creus, se atrevía a escribir, por ejemplo, estos versillos dedicados al poeta Federico Muelas:
¡Los versos de Federico!
¡Azucarados sorbetes!
Tras leerlos, me explico
por qué padece diabetes.
Si le dices esto hoy a un poeta de los de a martillazos, lo menos que puede ocurrir es que te ponga una querella, después de haberte recitado una letanía de insultos viejos y nuevos.
El ingenio de Pérez Creus se muestra pintor de cuatro trazos por las claras. Así escribió del profesor y poeta José Luis Cano:
Su fervor republicano
y su puntito de ateo
hacen que le suene feo
que le llamen vate Cano.
A la poetisa Elvira Daudet dedicó Creus este tan poco elogioso epigrama, que en estos tiempos hubiese supuesto un duelo a misiles:
¡Mira, mira, mira!
Debajo de ese sombrero
guarda sus versos Elvira.
Y yo quiero
agradecer los servicios
del bondadoso sombrero.
Al escritor Julio Trenas, tras el fracaso de un estreno teatral, le advierte directamente:
¡Los gladiolos! Gran silbido
merecieron sus escenas.
Ya no encontrarás mecenas.
Ahora sí que estás jodido
porque ya no estrenas, Trenas.
Y el colmo de la más mínima y punzante píldora epigramática se la dedica Pérez Creus al poeta Ramón de Garciasol, un prolífico escritor de poesía, en cuya producción hay de todo, como en la viña del señor que tenía una viña. Estos dos versos le sugirieron al epigramista los versos de Lluvia en Castilla, de Garciasol:
Cuando llueve y García sol
sale el poema peor.
¡Vamos...! ¡P" habernos matao!