Algunos obituarios están llenos de alabanzas que, sin embargo, no corresponden a la realidad sino a la intencionalidad de quien escribe. Lo decía, con su habitual perspicacia, Rafael Oliva: «Para que te llamen bueno hay que morirse primero».
No es el caso de Carlos. Estamos seguros, quienes tuvimos la suerte de tratarle, que en verdad, fue «en el sentido de la palabra, bueno» como se declaró en sus versos don Antonio Machado. Y lo fue -en primer lugar- porque esa bondad era innata, le venía de familia. Recordemos a su padre el poeta Carlos Urueña, cantor de la Virgen, afable y cariñoso, y a su madre, que supo vencer -hasta el final de sus días- como la mujer fuerte de la Biblia, las dificultades físicas.
Carlos fue así porque quiso. Sin que nadie le obligase. Permanece en mi recuerdo su gesto de hombre comprensivo y atento, su dulce sonrisa, con la que procuraba despejar cualquier inquietud de tipo burocrático que le acercábamos, con respeto, y sabiendo que Carlos hallaría la mejor solución.
Veo el mostrador de Educación y Ciencia y el diminuto despacho a la derecha, con su puerta siempre abierta a la esperanza.
Sacaba a pasear al perro de su hermana, Mili, que olisqueaba su llegada antes de que él llamase a la puerta, que también los animales distinguen la nobleza en las personas. Siempre me llamó la atención otra faceta de su carácter: la paciencia y la fidelidad al deber hasta el final de sus días. Soportó una larga prueba y sacó fuerzas de su interior para seguir yendo al trabajo. Pudo haberse jubilado y disfrutar de un bien ganado descanso. No quiso. Sublimó su enfermedad, luchó en silencio contra ella de un modo responsable y digno. Un buen ejemplo para su hijo, el tercer Carlos de la familia. Creo que no vamos a olvidarle fácilmente. Sé que buscaremos su cálida palabra, su mano amiga tendida sin esperar nada a cambio.
Hoy, Carlos, cuando escribo estas palabras de despedida, recordé otra tarde en la que Zeus, el perro de Juanjo y Mili te acompañaba pacíficamente por la margen izquierda del Carrión como sabiendo que te iba a dejar solo. Él murió antes que tú. Seguro que le costó separarse de ti, como a todos nosotros, amigo, querido Carlos Urueña Leivas. Hasta siempre.
Carmen Arroyo / Palencia