Una vez más traemos a colación unas estadísticas que poco o nada nos favorecen como provincia, pero que no podemos obviar si queremos mantener los pies en la tierra y solucionar uno de los problemas más graves y difíciles que nos aqueja desde hace mucho tiempo: la pérdida de población. Hemos abordado el tema desde diferentes perspectivas, hemos debatido sobre las causas y sobre todo hemos profundizado en busca de soluciones, si no para revertir las cifras, al menos para contener la despoblación.
Hemos pedido a menudo servicios y dotaciones de calidad, hemos apostado siempre por la conservación del patrimonio histórico-artístico, pero también por el etnográfico y el inmaterial; hemos apoyado la recuperación de las tradiciones y los viejos oficios en cursos, talleres, jornadas, ferias y festividades, con el doble objetivo de preservar la memoria del medio rural y aprovechar el tirón turístico que pudieran tenera; nos hemos congratulado de la implantación de planes y programas como el del transporte a la demanda que mejoran la calidad de vida de una población envejecida y hemos demandado, no una vez sino muchas, el desarrollo de polígonos industriales y ciertas ventajas fiscales, que favorezcan la implantación de empresas, talleres y negocios en nuestros pueblos. Porque las fiestas estivales del turista o el emigrante, las de la cosecha y las de la vendimia están muy bien, pero ni generan empleo ni mantienen la población; hacen falta puestos de trabajo que eviten la fuga de los más jóvenes y favorezcan no sólo su permanencia, sino el asentamiento de otros.
Y si hay jóvenes, familias y niños, podrán mantenerse abiertos los colegios, los centros sanitarios y las dotaciones culturales y de ocio. Y habrá que cuidar los servicios básicos -el agua, la luz, la recogida de residuos, la telefonía...- y quizá, al rebufo de ese vecindario joven, lleguen otros emprendedores y abran una tienda, un bar, un taller mecánico, un alojamiento de turismo rural, un servicio de guías, un parque de atracciones originales, respetuosas con el medio y diferentes a las de las ciudades o un espacio en el que convivan las artesanías de la zona, los buenos alimentos y la calidad de vida. En fin, si hay gente y la población crece, es posible pensar en el desarrollo económico y social.