JULIO CAYÓN
Cuentan de Marcos que, de joven, olía a torero dos manzanas antes de cruzarse con él por cualquier calle de Palencia. Y siguen contando, quienes lo recuerdan con devoción desbordada, que continúa oliendo y que no ha cambiado de aroma. Sea como fuere la figura de Marcos de Celis forma ya parte indestructible del lienzo urbano y social de la capital palentina, sin necesidad de aportar virtudes recientes ni elocuencias enmarcadas en doradas orlas barrocas. De Celis, en esto, es el contrapunto -¿por qué no decirlo?- de quienes se ven obligados a sumar méritos para que su ego, en términos populistas, siga en alza.
Ayer concluía el ciclo de San Antolín, pero el fino torero nacido en Villamoronta no se movía de los aledaños de la plaza, de la Puerta Grande, transmutado en ese busto de bronce que le ha convertido en inmortal. Parece que estuviera en vela permanente. Sin sueño. Por eso, el taurinismo de esta bendita tierra de Castilla tiene en Marcos su gran vínculo, y el espejo donde deben mirarse los aficionados y todos cuantos aman la Fiesta. Dicho de otra forma, es verdad que, antes y después de las corridas, se hecha de menos al Marcos de Celis físico, juncal, sobrio y en torero siempre en las proximidades de Campos Góticos. Es cierto. Ahora, un poco apartado de la vida, quizá sea él quien eche de menos sus tardes de gloria en Palencia. También es posible.
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