FERNANDO MARTÍN ADURIZ
Hay diez dispositivos que cambiarán nuestra vida. Es lo que cuentan quienes han estado en la última feria tecnológica de Hannover. La lista no tiene desperdicio. Los diez gadgets que transformarán nuestras relaciones, nuestro tiempo libre, nuestro trabajo, nuestro vínculo social, presentan un elemento en común: servirán para ahorrarnos palabras tanto como para ser controlados y vigilados a distancia.
Aparatos que interpretan las órdenes que envía el cerebro, flipper que se maneja con la mente. Vehículos que detectan situaciones de emergencia merced a electrocardiogramas constantes que se realizan al conductor. Teléfonos vigilantes, icatch, que pueden mediante una simple cámara en el portátil enviar imágenes completas de las dependencias de la casa. Med-O-Card, o tarjeta sanitaria que almacena toda nuestra historia clínica y de salud, artilugio que puede ser usado para ayudarnos en una emergencia -o para segregarnos en función de nuestro rendimiento productivo, no se olvide-. PocketCinema que permitirá visionar cine de gran calidad, en cualquier espacio merced a este proyector, el más pequeño del mundo, dicen; luego fin al cine de barrio, etcétera. Cédulas de identificaciones digitales con lecturas que favorecerán el gobierno electrónico, y teléfonos llave, que permiten abrir la casa y conocer en tiempo real las personas que entran y salen de ella aventuran tiempos difíciles para escapar al control y a la vigilancia.
Un sueño para un J. Bentham y su panóptico, o dispositivo de vigilancia en hospitales, escuelas, fábricas y cárceles. En Palencia, esta construcción arquitectónica se pudo ver en la cárcel antigua.
Pero lo que me ha quedado atónito es el nuevo móvil: un teléfono para hablar sin pronunciar palabras. Así como lo leen. Merced a la técnica de la electromiografía es posible captar los movimientos musculares de la boca. Un teléfono silencioso. Imagino la gran ventaja: no estaremos obligados a escuchar las conversaciones de nuestros ruidosos vecinos que hablan por su celular como si estuvieran ante un megáfono.
Imagino el destino de nuestra intimidad. Ahora bien, me pregunto adónde irán a parar nuestros lapsus al conversar, nuestros malentendidos, la permanente equivocación que nos acompaña en todas nuestras comunicaciones. La enunciación parece que morirá a manos de los enunciados. Y la subjetividad sólo dispondrá del diván.
Además, lo último de la directora Icíar Bollaín y todos los detalles de la cisis de Spanair