Obviamente, la respuesta a la pregunta por los límites de la libertad de expresión, que es un plato diario de los menús públicos, puede hacerse en dos planos, uno referido a los aspectos materiales y jurídico- políticos, y el otro al ejercicio de esa libertad que se pregunta entonces hasta dónde puede llegar; algo que no deja de ser una extraña pregunta, tratándose de la libertad, porque dicha pregunta parece que es más bien propia de un torturador o chequista que interroga a su jefe: «¿Hasta dónde puedo llegar, jefe? ¿Hasta lo último, o no tengo que pasarme?».
Para responder al hecho mismo de que puedan hacerse estas preguntas habría que hacer aquí un análisis siquiera algo pormenorizado de lo que ha ocurrido en la cultura europea desde el tiempo de entreguerras para acá por lo menos; pero podemos centrar nuestra atención sobre algo tan espantoso como que gran parte, y muy alta y reluciente, del mundo de la cultura popular, en el que entran también los periódicos y la radio, preparó y caucionó lo peor de lo sucedido, y ésta es la fecha que no han hecho amende honorable de ello. Es decir, hubo complicidad en la teoría y la praxis de lo que fueron y simbolizan Auschwitz y Gulag; de manera que la burla o la liquidación de los adentros y la privacidad de lo humano el ápice del alma que constituyó por obra y gracia de una civilización de siglos el quid y lo sagrado de la persona, no nos parece ya que plantee más problema que el de unos límites de posibilidad material: «¿Hasta dónde llegamos, jefe?». Sencillamente porque hay libertad formal de expresión y se habla de un derecho a ella sobre la realidad entera. ¿Como el que el torturador se lo adjudica igualmente, en nombre de «muy altos designios»?, ya digo.
Desde que han existido las dos inmensas barbaries totalitarias del siglo XX, un nuevo público ha sido entrenado en la asistencia a las sesiones de autodenuncia y acoso a los demás, y gusta de las farsas de los juicios predeterminados por la vileza social y política, y de las ejecuciones públicas. Ya no parece que ese público pueda contentarse con emociones menos fuertes, sadianas en cualquier caso, vilipendiadoras, quiero decir, de lo que en otro tiempo se llamó la dignidad humana. ¿Se está preguntando entonces hasta dónde puede llegar la libertad del periodismo -que es un poder al fin y al cabo- para fiscalizar y reificar la realidad humana entera? Pero ¿desde qué presupuestos éticos y culturales puede hacerse esta pregunta, sino desde presupuestos totalitarios del tipo que sean, incluidos los comerciales? ¿Desde qué escalón de descenso de la civilidad y de las conquistas intelectuales, espirituales y éticas de siglos puede hablarse así?
Desde luego, desde una situación o cultura en la que el bien y el mal no se distinguen, y valen lo mismo la palabra y el latigazo del verdugo que el gemido y la llaga de la víctima. Y entonces ¿qué puede significar la palabra libertad?
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