HAY leyendas urbanas que aparecen intermitentemente y que corren por riachuelos vecinales de una candidez rayana en la estulticia. Una de esas leyendas surgió por aquí no hace muchos años y se mantuvo un tiempo hasta que el tiempo pasó y puso las cosas en su sitio.
La historia comenzó con la junteta de un señor que rayaba los noventa con una señora cuarenta y tantos años más joven, de buen ver y, por supuesto, en edad fértil.
Cuentan que un día el vejete de la copla se presentó en la consulta del médico para decirle que había dejado preñada a su amiga y que quería que le hiciese a la señora una revisión para ver cómo iba la gestación. Entonces el médico, para evitar una explicación seca y lironda, le contó al presunto padre lo de los leones y el paraguas:
Un pueblo estaba amedrentado por una manada de leones, que de continuo saqueaba las cuadras y gallineros del lugar. Todos los métodos usados por los vecinos para deshacerse de la leonada habían resultado infructuosos. Ni escopetas, ni trampas ni venenos lograron nada. Hasta que un día llegó un forastero y aseguró que él mataría a los leones con un paraguas.
Las gentes no creyeron al forastero, pero éste insistió en que el del paraguas era el único método para acabar con aquellas bestias. Al fin le proporcionaron un paraguas, con el que salió al monte a enfrentarse a los leones. Y cuando dio con ellos, disparó con el paraguas y todas aquellas alimañas cayeron muertas.
Terminada la narración, el médico le preguntó al presunto empreñador que qué le parecía aquella historia. El nonagenario contestó que no la creía, que con un paraguas no se dispara y se mata leones. Y fue entonces cuando el médico le dijo que él tampoco se creía su historia.
El anciano marchó pensando que qué cosas tenía el médico: matar leones con un paraguas. Y al cabo del tiempo entendió por qué el doctor tampoco le creyó su historia, tan inverosímil como la del paraguas.