JOSÉ JAVIER TERÁN
Cuando uno escucha o pronuncia la palabra cine, es casi seguro que a su mente le lleguen de pronto una serie de imágenes determinadas y muy concretas, o también el título de una o varias películas que marcaron toda una época o nos gustaron e impactaron especialmente; el rostro familiar de sus actores o actrices favoritos, la sala de proyección donde se asistió a su exhibición. O tal vez un murmullo de voces muy próximas, unas risas, un llanto entrecortado, un silencio sobrecogedor; momentos alegres y divertidos, minutos de auténtico pánico e instantes con la tensión a flor de piel. La cara amable de la taquillera, el contrapunto del rostro serio e hierático del acomodador, la luz escrutadora de una linterna abriéndose paso en medio de la oscuridad del patio de butacas. Una grata compañía, por qué no; una jornada de lluvia, una tarde de frío intenso, un día de agosto de enorme calor, una noche tras el estreno de una película de marcado corte romántico en compañía, la tarde un tanto amorfa y anodina del día primero del año…
Y es que pudiera decirse que la capacidad de evocación del cine es casi infinita, como indefinido e indeterminado es el pensamiento humano, en la más amplia acepción de estas dos palabras.
Porque con tan sólo sentarnos en la butaca de la sala de proyección, y a poco que las imágenes acompañen y la persona se muestre dispuesta, la capacidad de evasión de la realidad, que el cine como invento es capaz de producir, puede resultar casi ilimitada. Y es que el soñar dicen que es gratis, aunque, bueno, en esta ocasión todo sea dicho, debamos contribuir con el importe de la entrada. Luego, lo que pase en el interior de la sala y los sueños que tenga o alcance cada cual, irrealizables o no, serán sólo de él y a él le reportarán sus correspondientes frutos, ficticios o reales.
Por eso, habría que gritar bien fuerte que no se acabase el cine, ni tampoco las salas de cine, que queremos poder seguir resguardándonos del aguacero y de una tarde fría de invierno o asfixiante de verano, en el interior de una confortable sala de proyección de cine porque, en definitiva, creo que queremos seguir soñando.