Se cuenta que una señora, andando por las calles de su ciudad, pisó una baldosa movediza que le hizo tambalearse y al final caer sobre el asfalto. Pensó la señora, con todos sus ascendentes y descendentes, que la culpa de su caída y de sus daños la tenía la pieza renqueante de la calzada, que era como una involuntaria trampilla para viandantes desprevenidos.
Reclamó la mujer, por si tenía algún derecho a indemnización, pero le contestaron, en un primer párrafo, que en la reclamación no estaba acreditada la relación de causalidad entre el daño y el funcionamiento del servicio público. Al leer la parrafada, fue cuando alguien del entorno de la señora exclamó con final interrogatorio: ¡Coño, si se ha caído, ¿cómo ha sido?!
Más adelante, el escrito de contestación ofrecía otro párrafo, más amplio, como queriendo explicar la cosa, por si el párrafo primero hubiese resultado un tanto confuso.
La parrafada insistía en que no estaba acreditada la concurrencia del requisito de la imputabilidad de la Administración M. frente a la actividad dañosa, por falta de legitimación pasiva.
Fue entonces cuando, acordándose del despiste primaveral del poeta Juan Ramón Jiménez, todos quisieron remedar sus versos y exclamaron a coro: ¡La señora se ha caído, nadie sabe cómo ha sido!
Pasado el susto, hubo junta familiar, vecinal y de amistades y, por más vueltas que le dieron al texto, no hubo manera de entender si era de día o era noche oscura.
Ni el más listo de la reunión pudo dar una pista de por dónde iban los tiros escritos, ni aun consultando diversos diccionarios de uso, populares y etimológicos.
Al final de la asamblea, se acordó, por unanimidad, recomendar a la señora que se chupase el golpe pero que de ninguna manera intentase comprender la respuesta, porque podía partirse la cabeza.