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Opinión
Pasión por la libertad

Roucco y la gripe

José Luis Mellado Santamaría - sábado, 3 de enero de 2009

Hoy no ha sido un buen día para mí, no se por qué. O sí lo sé, pero sería obsceno contarlo aquí. Me encontraba airado, enfadado con un alguien indeterminado (o determinado, pero tampoco viene al caso nombrarlo) por alguna de esas razones que yo suelo atribuir al idiota que llevo dentro y que cada tanto hace su aparición en escena. Así que he recurrido a la conversación, al valor terapéutico de la palabra. He llamado a una buena amiga, que además es una excepcional psicoanalista, aunque ella nunca jamás predica ni lo uno ni lo otro: lo es y punto. En el curso de la conversación hemos recorrido, de la mano de nuestros respectivos idiotas, los caminos de las contradicciones, los de los odios, los del desamparo, los del amor... y, por fin, hemos desembocado en el único territorio que permite cuantas licencias se puedan imaginar para con lo solemne, lo importante, lo serio: hemos entrado en el territorio del humor, en el de reírnos de todo, incluidos nosotros mismos. Le contaba que me había visitado un virus inoportuno, que ha resultado ser el mismo que le visitó a ella hace un par de días; y en esa clave que estábamos manejando, me dice: «yo creo que la culpa del virus la tiene Roucco Varela, porque ha sido capaz de insultar, denigrar, ofender a todos los que no somos miembros de la llamada familia tradicional cristiana, provocándonos tal ataque de indignación que nos ha dejado sin defensas para combatir los virus». Después de las risas que me provocó tal ocurrencia, lo pensé mas despacio y ciertamente no me pareció tan descabellado. Resulta que ella, que sí que tiene una familia; que yo, que tengo una familia; que ambos, que hemos disfrutado de nuestros hijos, que hemos consumido horas, días, años en sacarlos adelante, resulta, digo, que una vez más somos satanizados por no pertenecer al club de los elegidos. Lo más curioso fue ver cómo Monseñor -con todo su capelo cardenalicio, investido del boato y puesta en escena que, como nadie, maneja la Iglesia Católica, y arropado por un montón de suboficiales vaticanos-, proclamaba las inmundicias del matrimonio homosexual y la lacra del aborto, apelando para ello a «la creación». ¡¡¡El mito de la creación, la historieta de Adán y Eva, sigue siendo utilizado para ilustrar y justificar la única decencia en la familia cristiana!!! Lo absurdo del ejemplo casi viene tan a cuento como lo de Caperucita y el Lobo.

Las fotos de la sacrosanta manifestación están, además, pobladas de gentes de hábitos: monjas, curas, frailes (entre otros miles de personas, ya lo sé) que nada saben de cuidar a sus hijos, llevarlos al colegio, de educarlos, de ponerles límites.

Monseñor, con el debido respeto, (o sin él, usted tampoco me lo muestra con sus declaraciones): no me dé lecciones sobre familias; que vengo de una numerosa; que vengo formando junto a mi compañera la mía propia desde hace treinta años; y usted no se ha desvelado ni una jodida noche por un coliquillo; ni por el primer diente; ni por el primer disgusto ni el primer amor; ni por un control de «cono» o de «mate». Y yo sí. Y muchos millones de ciudadanos, que tienen que hacer números para poder vestirlos y comprarles libros.

Los hijos de las familias de las que yo le hablo, al final, acaban dando importancia a cuánto se les ha querido; no les interesa si quienes lo han hecho tienen o no diferentes órganos genitales; se ocupan de ver que las madres o padres que se hicieron cargo de ellos estaban ahí permitiéndoles ser personas en cada leche templada y en cada canción, -que diría Joan Manuel-, aunque nuestra entrega a ellos nunca haya tenido por meta el reconocimiento manifiesto, pues su vida es el único bien que, como padres, nos honra y legitimiza. Algo que usted no está en disposición de añorar siquiera.

No seré yo el que le diga que usted no puede manifestarse por la familia cristiana, en contra del aborto y de los matrimonios homosexuales. Hágalo; su estilo es ése: y mi derecho el de protestar contra su intolerancia, su falta de respeto, su maledicencia y su descalificación. Y contra el fomento del odio, el clasismo, el fundamentalismo, que para mí destiló su sermón. Por mucha mitra, anillo y báculo que usted lleve, ¡¡¡ande y váyase usted por lo segado, tío maleducado!!!

A ver cómo me curo yo ahora la gripe… con Antirrouquina me va bien ... y riéndome; riéndome hasta de mi sombra. ¡Ah! y feliz año, «Monse»!!

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