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Opinión
Vecinos ilustrados

La invención de las enfermedades mentales

FERNANDO MARTÍN ADURIZ - jueves, 11 de septiembre de 2008

El término enfermedad mental es un invento que nace con Bayle (1799-1858) a mediados del XIX. Su error, atribuyendo la locura a un problema cerebral, a las membranas, fue el comienzo de la pérdida de la senda de los clásicos y el inicio del error de pensar que la locura tiene que ver con los neurotransmisores, la debilidad de alguna membrana o algún gen defectuoso que tarde o temprano va a aparecer. Pero a la par que nunca aparece la tan buscada causa orgánica, la enfermedad de la mente, «de la cabeza», encontró eco en la ideología positivista, logrando que la conversación, posible, con el loco, con el delirante, haya ido declinando, tornando al clínico clásico en el expendedor de recetas de la actualidad. Que hayamos terminado hablando de enfermedades mentales y no del término locura, arrinconada en el baúl de la psicopatología clásica, se debe al error de Bayle y a la posterior ideología de Falret y de otros. Todo ese saber acumulado puede estudiarse hoy merced al trabajo ingente de José María Álvarez en la obra que ningún vecino ilustrado puede perderse, titulada La invención de las enfermedades mentales (Gredos, Madrid, 2008, 616 págs.).

Porque el asunto trasciende al debate científico. Es un asunto social porque está implicada la espinosa cuestión de la responsabilidad. Si el loco está privado por entero de la razón, entonces no es responsable de su acto, y por ello es un enfermo pasivo, afectado de algo y de lo que no tiene ninguna tarea a hacer, salvo callar, no dar guerra y tomar pastillas. Pero si se piensa que el loco no es un enfermo mental ni ha perdido por entero la razón, y puede conversar, hablar, realizar tareas, insertarse en la sociedad, participar en emisoras de radio, escribir libros, y delirar como tentativa de curación, entonces hay una posible cura, en un horizonte de estabilización.

En una entrevista, el autor, muy vinculado a Palencia, declaraba que «la psiquiatría positivista se ha construido y desarrollado para no hablar con los locos y para justificar ese silencio». Pero, ¿por qué ese empeño en no hablar con los locos? ¿Por qué contra toda evidencia se ha forzado, sin argumentos, la perspectiva naturalista de las enfermedades mentales?

Por otro lado tenemos las psicosis no desencadenadas que operan en el interior de sujetos que hacen una vida normal, son escritores, pilotan aviones, dirigen Institutos, son policías, tienen hijos, son respetables padres de familia, es decir, han logrado, y muchas veces en secreto, mantenerse a flote, sin medicación, sin ingresos hospitalarios, confiando sus cuitas a su psicólogo, su psicoterapeuta, su psicoanalista o simplemente con un buen amigo, al que eso sí, le dan mucho la chapa. Y también la historia está plagada de grandes artistas, pensadores, hombres de ciencia, cuya psicosis no ha impedido su contribución al desarrollo social y cultural.

En el libro de Álvarez toma la palabra un loco muy especial, un juez: el magistrado Paul Schreber. De cómo resuelve su delirio da cuenta Álvarez de una manera magistral, de hecho puede decirse que es una autoridad mundial en el caso Schreber, junto a Lothane de New York. Con ello pretende demostrar que en realidad el aparente armazón nosológico y nosográfico de la psicopatología psiquiátrica que ha expuesto a lo largo del libro puede calificarse de «invención». Un invento que empezó en Bayle al confundir sus hallazgos en el cerebro de seis enfermos con la locura para transformarla en enfermedad mental.

Este invento de las enfermedades mentales hace que el loco no sea más que un títere en manos de esa su enfermedad, una desgracia a la que no debe resignarse puesto que perfectamente tiene margen de maniobra, «para hacer algo con ella», Álvarez dixit.

La erudición que destilan las páginas de este libro no debe desanimar al joven psiquiatra o psicólogo ni al intelectual. La opinión pública ilustrada debe de estar al tanto de que hay una visión abierta que otorga la responsabilidad al loco y que lucha por ayudarle con algo más que los nuevos internamientos químicos, que si bien ayudan en momentos puntuales, nunca pueden sustituir a la palabra y a la conversación inteligente.

Hay toda una operación en marcha en nuestro país, la Otra Psiquiatría que busca rescatar lo mejor de la clínica clásica, Clérambault por ejemplo, grandes clínicos que nunca rehusaron un diálogo de frente con la locura, incluso que como Sérieux y Capgras escribieron un texto muy revelador titulado Las locuras razonantes. Que están atentos a las coyunturas de desencadenamiento de la locura, las coordenadas en que tiene lugar en la biografía del sujeto, la función del delirio, la experiencia de certeza y el extraordinario rigor del psicótico.

Si el autor es un vecino ilustrado que pasea nuestra Calle Mayor, uno de los nuestros; la editorial que ha publicado este texto, es una clásica, Gredos. La invención de las enfermedades mentales será un clásico.

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