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Opinión
A VUELA PLUMA

Los imprescindibles

ELISA DOCIO HERRERO - domingo, 11 de noviembre de 2007
«En los partidos políticos son necesarios los elementos que ganan elecciones, y son absolutamente prescindibles quienes las pierden o no las ganaron nunca»

Un viejo refrán castellano dice que el cementerio está lleno de imprescindibles. Para suavizar tan fúnebre aserto, una amiga muy diplomática dice que imprescindible no hay nadie pero unos son más necesarios.

Por eso en cada tiempo, en cada circunstancia, los mismos elementos cobran diferente valor, son más o menos precisos según la imperiosidad del momento. Así, en el juego maquiavélico de la política puede darse que alguien anónima e inductivamente quiera hacer ver la existencia de una crisis insoportable en determinado colectivo a base de crear la fantasmagoría de la propia imprescindibilidad. Por un lado me voy con tensa sonrisa pero dando portazo, por otro lado sin mí todo será un desastre. Un sencillo juego de dos bandas -para que vengan a rogarme que vuelva y me premien tal vez, con lo que yo aspiro obtener. Me llevé conmigo el balón de oxígeno, soy House, sin mí no hay vida, todos los demás habitantes de la pecera están dando bocanadas para poder seguir respirando-.

Ciertamente es triste, pero cuando el responsable de una función delega demasiado y abandona el control, corre el riesgo de que el hueco vacío se llene, es el principio de Arquímedes aplicado a la política: «Todo individuo ambicioso sumergido en un medio adecuado, experimenta un empuje hacia arriba igual al espacio que dejan los otros desalojados por él». Más o menos.

Por la propia estructura interna, por la mismísima función a la que sirven, en los partidos políticos son necesarios coyunturalmente los elementos que ganan elecciones y son absolutamente prescindibles por intercambiables quienes las pierden o no las ganaron nunca. De ahí la aleatoriedad del liderazgo. Ocurre siempre, quién hoy está en la picota puede desaparecer mañana sin dejar ni rastro, o simplemente una leve señal lapidaria en las páginas de una historia que sólo revisará algún estudioso local, más por curiosidad que por ciencia.

La dedicación política crea en los sujetos una cierta confusión, una altitud de tono, por no decir soberbia, que los descuelga de la realidad. Tanto verse retratados en fotos, entrevistas, referencias y otros protagonismos acaban convirtiéndose en posesos de su yo, perdiendo la noción de la realidad. -¿Quién cómo yo?- Se preguntan. -Nadie como yo.- se autoresponden.

Son conocidos y mentados en algunos círculos de la comunicación ciertos personajes de la grey política que incluso se ponen huecos cuando hablan mal de ellos. Dicen que eso se llama tener cintura política. Estar en la parrilla. Tener proyección pública. Estar presente, en boca, etc. De este modo hablarán los detractores pero también se medirán los defensores, una forma de cargar las pilas por retroalimentación.

Las habladurías generan más rumores y ya sabemos que no es cierto que «El buen paño en el arca de vende», todo se vende en la publicidad y en el escaparate. «Que hablen de mí aunque bien», dijo Dalí dando la vuelta a Oscar Wilde que enunció: «Que hablen de mí aunque sea mal». En política se aplica a rajatabla. El caso es que se hable. Lo que suena es el nombre, los detalles se olvidan. Alfonso Guerra siempre lo tuvo muy claro, nunca llama al innombrable por su nombre propio.

Las gentes de a pie sabemos de los troyanos por la leyenda del Caballo de Troya, regalo envenenado que vomitaba a los enemigos en la confiada oscuridad de la noche. De ésta simbología se denominó en informática a los programas maliciosos que controlan desde dentro máquinas ajenas. Los troyanos en los partidos políticos son el peor veneno que puede circular por las estructuras internas. Quienes bien conocen el entramado pueden inyectar acusaciones, tildes, incluso si fuere necesario al fin pretendido, calumnias, injurias y bulos, con aspecto de avisos, informaciones o versiones. Ocurre en todos, es la peor lacra que padecen y la que más energías resta para funcionar adecuadamente.

No hay peor cuña que la del mismo palo. «Cuerpo a tierra que vienen los míos» como dijera Gila en sus guerras.

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