La presencia y, ojalá, la esencia y el duende de Morante en Campos Góticos, esta tarde, es un misterio en sí misma. Por eso es torero de sensaciones incontroladas y genialidades inmensas. Cuando descansa las zapatillas en el ruedo y asoma la montera más allá de la segunda raya, es imposible intuir si tiene las muñecas rotas y el alma desarbolado para convertirse en creador de bellezas increíbles. O, si a la salida del hotel, ha sido bendecido por una luz especial para introducirse en la piel de un redivivo y perfeccionista Miguel Ángel y su prodigiosa y cromática paleta y escoplos celestiales. Es imposible. Por eso y no por otra causa se le rinde pleitesía y se le admira desde que inicia el paseíllo. Y hasta su aspecto -en eso también resulta irrepetible- recuerda a otras épocas no tan perfeccionistas del toreo, no tan académicas pero más gloriosas.
Han pasado dos semanas y se sigue hablando de su antológica faena en la segoviana Cantalejo a un buen toro de Sánchez-Arjona. Fue el 18 de agosto y parece que ocurrió ayer. La esculpió en un ruedo menor pero ha sido su faena secreta del año. Su escapulario íntimo. Su verdad incontestable de cómo interpretar el toreo. Morante -al que empiezan a llamar don José Antonio- levanta pasiones. Y por ese apasionamiento colectivo hay quien reza para que hoy se produzca otro milagro morantista. U otro secreto.