Dada esa agradable costumbre que tenemos los seres -más o menos- vivos varias veces al día, nadie en su sano juicio se atrevería a tachar de intrascendente la producción de alimentos. O sea, que no hace falta ser un lince para apercibirse de la importancia del fomento y especial protección de la actividad agropecuaria y piscícola en todas sus facetas. Dicho de otra forma: como los alimentos son indispensables para la vida humana, cualquier persona medianamente normal se daría cuenta de la necesidad de mimar a quienes producen alimentos y los ponen a disposición de la humanidad. Pero desgraciadamente para el género humano, los encargados de regular todas estas actividades son esos entes escasamente normales y carentes de sentido común que vienen conociéndose en el mundo de los horrores como políticos, esa desgraciada plaga a la que nos hemos hecho merecedores por nuestros pecados. En efecto, basta que algo se presente como absolutamente imprescindible para que la clase política meta sus zarpas en ello, para desbaratarlo completamente. Por eso, al cabreo universal de agricultores y ganaderos, obligados a vender sus productos por debajo del coste de producción, se suma últimamente el de los pescadores, agobiados por disposiciones absurdas y tentados de cesar definitivamente su actividad para que quien quiera peces, que se moje el culo de una santa vez. Me cuenta el viejo lobo de mar y amigo de la infancia a quien nadie conoce en Rianxo como Santiago Fuentes Ordóñez, sino bajo el apodo dinástico de Topete, que la última soplapollez de los genios «de Madrid y de Europa» que regulan la pesca, consiste en rebajar la potencia de los motores a instalar y utilizar en las lanchas planeadoras que constituyen los actuales pesqueros de bajura, hasta unos ridículos 20 caballos de vapor, que no pueden con las redes de arrastre de uso habitual, que no alcanzan velocidad suficiente para llegar pronto a puerto y obtener un buen precio por la pesca, y que en caso de problemas no pueden luchar contra las olas y corrientes de borrascas y tempestades habituales. O sea, que los impreparados e ignorantes de siempre condenan a los marineros que nos alimentan con las suculencias de las rías, a la pobreza, a la inseguridad, y, posiblemente, a la muerte. Y luego dicen que el pescado es caro…