ME ha hecho mucha gracia la respuesta que un día me dio un paisano, cuando le pregunté qué tal le había ido por Levante, en uno de esos viajes estatales para mayores. Tras resumir la estancia con un ¡Muy bien!, contó que incluso algunos días había podido bañarse y que había comprobado cuánta grasa nos sobra a los españoles.
Al hombre, que había visualizado reportajes playeros con náyades cimbreantes y apolíneos mancebos; y que había visto muchas películas mitológicas con Venus saliendo de las espumas del mar, aquella aglomeración de grasa le desbarató sus ideales estéticos y hasta patrióticos.
Tal respuesta me hizo recordar un epigrama del poeta Juan Pérez Creus, que copio aquí, suplantando el nombre real por otro que suele hacer de comodín en dichos y refranes:
En el mar un remojón
se dio Juan en calzoncillos.
Ante tamaña emoción,
murieron del corazón
un montón de pececillos.
Como no fueron más que pececillos, aún podemos comer chicharros y calamares, que por lo visto no andaban por allí.
Se cuenta que la reina Isabel II, que era muy aficionada a las aguas termales y a los baños playeros, cuando iba a San Sebastián tenía una manera muy original de bañarse en La Concha. Tan original que, si hiciésemos abstracción del tiempo y sus costumbres, ahora nos parecería un auténtico esperpento.
A la señora reina le preparaban un casetón de madera con ruedas, ella se metía en él, rodaban aquella carriola hasta el mar y allí, dentro, como en una gruta marítima, la soberana se bañaba, en la más absoluta intimidad. Aunque lo de bañarse, bañarse, hay que ponerlo en solfa, porque, a estilo de la época, ella se chapuzaba revestida de cuello a pies en un traje de empapadura.
Así, Isabel, que también era de la calle de la grasa, no se mezclaba con otros bañistas ni daría sustos mortales a los pobres pececillos.