Rechazo las celebraciones diseñadas bajo intereses meramente comerciales, disfrazadas de una falsa sensibilidad encaminada a explotar el afán consumista de quienes se dejan arrastrar por el mundo del marketing y de la publicidad. Lo mismo me sucede con todos esos días montados para aflorar una serie de derechos históricos que deberían ser demandados y defendidos cotidianamente, derechos que han aflorado nuevamente con ocasión de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer. Está bien traer a la memoria acontecimientos históricos que recuerden lo que fue la lucha de un grupo de mujeres norteamericanas, y lo que les ocurrió como consecuencia de la reivindicación de sus derechos. Pero hay otros hechos que acontecen un día sí y otro también a los que apenas prestamos atención, hechos que dejan al descubierto la insuficiencia de las medidas que la sociedad adopta para dignificar la vida de las mujeres.
Entretenida como está la clase política en tirarse los trastos a la cabeza -llevada por no sé qué impulso que son incapaces de domeñar-, y con los medios de comunicación dedicados a ser amplificadores del ruido que ello acarrea, resultó gratificante escuchar y leer, una vez más, opiniones a favor de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Pero mucho me temo que de nuevo sirvan solamente para adornar las hemerotecas con editoriales y artículos de opinión sobrados de razón y cargados de buenas intenciones. Mientras no exista una conciencia social capaz de asumir y dar solución al problema de la desigualdad, poco o nada cambiará en nuestro entorno. Tiraremos migajas en el sendero de la necesidad para que sean recogidas por quienes carecen de lo más imprescindible, pero seguiremos dejando toda la responsabilidad en manos de quienes con empeño y esfuerzo luchan cada día por lograr una sociedad más justa en la que la mujer ocupe el lugar que le corresponde.
«Tenéis el derecho que os ha dado la ley, la ley que hicisteis vosotros, pero no tenéis el Derecho Natural, el Derecho fundamental que se basa en el respeto de todo ser humano, y lo que hacéis es detentar un poder; dejad que la mujer se manifieste y veréis como ese poder no podéis seguir detentándolo...» Esto decía Clara Campoamor en el Congreso de los Diputados el 1 de octubre de 1931. Tuvieron que pasar dos años para que ejercieran por primera vez el derecho al voto que más tarde volvió a serles negado.
El pasado día 6, en el Ayuntamiento capitalino y como consecuencia de un pleno extraordinario con el emisario del arroyo de Villalobón como único punto del orden del día, las féminas fueron protagonistas de la tarde y del debate. Pero si algo quedó claro tras casi hora y media de discusión -a pesar de que hubo más ruido que nueces y más pólvora que munición-, fue ni más ni menos lo que hoy parece una realidad incuestionable: las mujeres «cortan el bacalao» en la política municipal.
En un Salón de Plenos abarrotado de público, con una elevada representación femenina presenciando la sesión, la portavoz del equipo de Gobierno, Marisa Martín, y la del principal partido de la oposición, Rosa Cuesta, mantuvieron una singular batalla dialéctica en cuya retaguardia estuvo Rocío Blanco, portavoz de Izquierda Unida. Desde la óptica de su respectiva opción política, se erigieron por encima de todos en un ejercicio de salud democrática que debería servir como ejemplo para que la mujer escale posiciones en otros ámbitos. Si las bancadas del PSOE y del PP cuentan en nuestro Ayuntamiento con un nutrido grupo de mujeres, otras bancadas, llámense las del mundo social o empresarial, convendría tomaran ejemplo de la clase política que muestra su otra cara dejando en manos de un trío femenino el protagonismo que habitualmente suelen acaparar los hombres.
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