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Autora: Sonia Vaccaro . Psicóloga clínica. Experta en victimología y violencia de género
El viernes 20 de enero, un niño, en su desesperación por evitar cumplir con la orden de un juez, que lo obligaba a relacionarse con el padre, se intenta arrojar por la ventana de un “Punto de encuentro” (pde), los empleados del lugar tratan de impedírselo y el niño acaba con su brazo fracturado.
Los mismos empleados fueron quienes lo obligaron todas las semanas, desoyéndolo en sus súplicas y en sus deseos, a que estuviese con ese hombre: “-porque era su padre”. Los mismos empleados que por todos los medios, obligan a las niñas y los niños que concurren allí, a “cumplir con lo ordenado por un juez”.
Nadie piensa en el niño. Nadie atiende su pedido. Nadie escucha lo que tiene para invocar en defensa de SU deseo. Nadie comprende y respeta que los niños tienen subjetividad, deseos propios y pensamientos personales. Sin embargo todos dicen que lo hacen “por su bien”.
El resultado no puede ser más elocuente: un niño “fracturado”, partido, roto. Y la excusa está ya pronta: “ha sido para salvarlo”, “por su bien”. En ningún sitio habrá constancia que esta “fractura” es el final de una serie de presiones semanales para que “haga lo que dijo el juez”. En ningún sitio figurarán todos los argumentos que le dijeron (a él y a su madre) para obligarle a hacer lo contrario a lo que quería.
Este es UN CASO, pero decenas de casos similares se viven a diario en estos espacios creados con las mejores intenciones, para que se vinculen niñas y niños con su progenitor no-custodio. Y las intenciones serían las mejores si no fuese porque detrás de cada “re-vinculación”, existe en la mayoría de los casos, una historia de violencias y abusos varios contra estos hijos e hijas víctimas de la violencia de género. Las intenciones serían las mejores, si no fuese porque re-vincular, es un término correcto cuando hubo una vinculación previa, pero cuando el vínculo ha sido inexistente, la denominación ya señala una falacia desde el origen.
Pero…¿por qué no querría un niño o una niña encontrarse con su padre? Por qué no querría verle? Por qué no querría “jugar” con él? Los motivos son infinitos, y tantos como niñas y niños hay. Pero en la mayoría de los casos con una historia previa de violencias y malostratos, el motivo es obvio: le teme, siente que le ha defraudado, siente rechazo, o…NO quiere, punto.
Y este último argumento tendría que ser suficiente para respetarle, reconocerle e indagar qué sucede o sucedió antes entre ese niño y ese padre. El forzarle, el coaccionarle lo único que logra, además de lastimarle y “fracturarlo”, es aumentar su rechazo hacia un progenitor que no le considera, que no le respeta, que no hace caso a su deseo. Y tal vez todo esto, es la causa del rechazo y NO su consecuencia.
Las investigaciones dicen que los seres humanos somos los únicos seres vivos capaces de tropezar dos veces con la misma piedra, y en la utilización y modo de gestión de este tema tan controvertido, como es la custodia de los hijos e hijas menores de edad en un divorcio conflictivo, se demuestra: los jueces repiten la misma modalidad que otros en países como Estados Unidos de Norteamérica, de donde se exportó el método y la teoría de esta característica: niños obligados a ver y estar con su padre no-custodio, en nombre del “sSAP” (supuesto síndrome de alienación parental), un invento pseudoclínico que propone la coacción judicial (o como su propio inventor lo denominó: “la Terapia de la amenaza”).
No importa si los estudios de aquel país (y las mismas víctimas de la aplicación de este “método”: http://courageouskids.net/) dijeron que el 80% de los /as niños /as que fueron forzados en estas circunstancias, se suicidaron, intentaron matar al padre y/o acabaron con secuelas psíquicas graves e irreversibles. Se vuelve a repetir el mismo error, de la misma forma y reiterando las mismas palabras: “es por su propio bien”.
El juez que firmó con la mano -sin fracturas- la orden que violentaba la voluntad del niño, probablemente disfrutó de la víspera del fin de semana y descansó y durmió sin preocuparse por las consecuencias de su mandato. Su señoría tal vez ese día no se enteró de lo acontecido.
Me gustaría conocerle. Me gustaría preguntarle si no pensó en escuchar los motivos y razones de ese niño de 11 años antes de obligarle, con todo su poder, a hacer lo que no quiere (y tal vez no puede). Me gustaría conocerle para explicarle que un niño de 11 años, no quiere arrojarse por una ventana ni sufre un ataque de ansiedad “sólo por verse contrariado”, ni porque lo han “malmetido”. Un niño que ve como única salida arrojarse por una ventana es porque siente que no tiene escapatoria, y prefiere morir en el vacío a vivir repleto de tanta presión.
Me gustaría conocer a ese juez, ver su rostro, mirar en el fondo de su mirada para ver qué le pudo pasar a su niñez para que desprecie tanto la de este niño.
Me gustaría conocer al personal del pde, mirarles y preguntarles si creen que existe la “obediencia debida”, si creen que obligar a un niño y forzarle a hacer algo que no quiere, sólo porque “un juez lo ordenó”, es un trabajo digno. Sé que no corren buenos tiempos en el terreno laboral, pero no cualquier trabajo es UN trabajo. Coaccionar a los niños y a las niñas no puede ser parte de un trabajo, JAMÁS. Herir a un niño, haciendo de cuenta que se lo quiere “salvar”, tampoco.
Recuerdo el experimento de Stanley Milgram, aquel que concluyó que muchas personas estarían dispuestas a infligir castigos tremendos a otras siempre y cuando la responsabilidad la asumiera OTRO.
También recuerdo el experimento de la cárcel de Stanford, el mismo que finalizó aseverando que una persona normal, con poder absoluto, es capaz de cometer las atrocidades más extremas contra otras. Sin motivos. Porque sí.
Tal vez poner fin a estos casos, implica que revisemos, como personas humanas, qué hacemos sólo por el hecho de “cumplir órdenes” y qué hacemos cuando podemos impartirlas de forma omnímoda.

Sonia vaccaro | 26/01/2012
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